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Nos ha tocado vivir en el tiempo en el que la humanidad está comprendiendo que los recursos del planeta son finitos. No hasta hace mucho, si teníamos conciencia de cómo se estaba desencadenando el proceso,  nos sentíamos solos, exagerados o locos, al no tener con quien compartir nuestras percepciones.  Afortunadamente la globalización ha traído, en este tema al menos, una ventaja y es que todos tenemos mucha más información que puede unirnos a los demás, a ver cómo todos somos una sola comunidad y que también puede generar formas y medios de colaboración y solidaridad.

Frente a esta mayor difusión, cada vez menos podemos negar lo que intuimos que ocurre en nuestro querido planeta y este tema impregna nuestra vida diaria repercutiendo psicológicamente de maneras muy diversas.

La información es tan clara y contundente, que suele dejarnos con la sensación de impotencia frente a un problema que parece tener un tamaño que supera en mucho nuestras posibilidades de intervenir.

Quienes han comprendido el estado de las cosas, suelen sentirse distintos al resto de la sociedad, verse a sí mismos como exagerados o locos, quizás hasta un poco marginados o marginales al sistema, dado que la cultura de la sociedad va hacia otro lado, el del consumo.

Durante mucho tiempo los gobiernos pudieron hacer de cuenta que se podía comerciar y consumir con absolutamente todos los recursos con los que contamos, apoyaron y propagaron la idea que la abundancia es buena, que cuanto más tenemos más somos y que las riquezas a obtener no importa cómo, son el único indicador del éxito. Por eso, la sola idea de economizar usando solo lo que necesitamos y de ser austeros puede inducirnos a sentirnos pobres o tal vez avaros.

La comprensión de la devastación que estamos haciendo de los recursos no renovables nos puede hacer pensar en un futuro de desastres ecológicos que pueden afectar a nuestros hijos o incluso a nosotros mismos. ¿Cómo podemos enfrentar la inquietud que produce la sensación de catástrofe por venir? Frente a tanto vaticinio o futurología, una vez más recordemos que lo único que tenemos es el presente, de nada sirve llevar la imaginación hacia lo que aún no ocurrió.

Podemos intentar tomar conciencia de la angustia que nos surge, sobre todo si ésta nos deja paralizados. La clave: como con todas nuestras emociones, es mejor auto observarnos, observar nuestra propia mente y las reacciones emocionales que suelen sobrevenir cuando nos conectamos con la situación. En vez de desilusionarnos, deprimirnos y paralizarnos, surgirá así  lo mucho que en verdad podemos hacer:

  • Es cierto que muchos no alcanzamos a tener una visión política desarrollada, y que nuestra vida y trabajo nada tienen que ver con quienes conocen en profundidad el problema de la ecología. Tomemos en cuenta que, a pesar de ello, algo podremos hacer si nos informamos, no desvaloricemos el saber de quien no es experto.
  • No tiene importancia si lo que podemos hacer por cuidar nuestro planeta es poco o es mucho, porque “poco” siempre significa más que “nada”, recordemos que el océano está formado por millones de gotas.
  • Cuidemos la actitud que tomamos cuando percibimos lo enorme que en verdad es el problema. En forma semejante a como nos ocurre cuando estamos sentados frente a la enorme cantidad de tareas que nos esperan en el día y que nos ponen ansiosos, torturarnos con que jamás lograremos cumplir con la tarea no nos va a ayudar.

Annie Leonard es una experta en comercio internacional, desarrollo sostenible y salud ambiental. Investigó por dos décadas sobre temas de medio ambiente y educación. Ha realizado un video que ya han visto 6 millones y medio de personas, a lo largo de 200 países.

Ella trabaja actualmente en distintas organizaciones: GAIA, Health Care Without Harm, Essential Action and Greenpeace International.

http://www.youtube.com/watch?v=LgZY78uwvxk

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Mucho se ha dicho y escrito acerca de cómo deben cuidarse quienes cuidan, pero a menudo las propuestas no superan la mera comprensión intelectual que -aunque es válida- resulta insuficiente. Las buenas intenciones de comprender la situación a menudo fracasan al pasar por  alto que para que podamos establecer relaciones adecuadas con los demás, debemos conocernos a nosotros mismos y que el acceso a este conocimiento solo se logra a partir de la práctica y la experiencia personal.

¿Cuál tiene que ser la medida exacta en la que una madre es lo suficientemente buena? ¿Y cuál es el modelo de maestro cuya capacidad de dedicación está a la altura de su rol? ¿Cuánta cantidad de energía tiene que invertir una persona para que otra se cure o mejore? ¿Cuál y cuánto es el sufrimiento que estamos obligados a reducirles a los demás? ¿En qué estamos unidos y en qué separados de los otros?

Creemos que cuidar a nuestros semejantes necesariamente implica dejarnos de lado; o que es hacer todo lo que nos piden sin pedir nada a cambio; u obrar hasta el infinito, hasta que el cuerpo duela, hasta que el otro cambie o mejore o se cure; o sostenerlo hasta que quizás se de cuenta y logre hacer algo por sí mismo.

En los vínculos de ayuda se crean trampas, formas de ver y de actuar que suelen pasar inadvertidas porque estamos habituados a asociar al servicio a los demás con el  auto sacrificio. Esos malos entendidos van desde decir que sí a todo lo que se nos pide, a no escuchar los síntomas que se nos muestran, a dejarnos impregnar por emociones desmedidas, o tal vez desconocer nuestra propia intuición cuando señala hacia a dónde está lo mejor o lo que es peor para nosotros mismos. Poco a poco y día a día, sin danos cuenta, vamos quedando perdidos en los demás mientras que, consecuentemente, vamos dejando abandonados a los demás de nosotros mismos.

El cuidado de los otros puede obligarnos a vivir expuestos durante años a un conjunto de factores muy estresantes que se superponen a los que ya están presentes; la vida comporta dificultades, obstáculos y dolores naturales que requieren que estemos alertas, y este es el estrés natural que se genera día a día. La meta entonces, no es la de eliminar el estrés en sí mismo, ni todos nuestros problemas, como pretendemos muchas veces, sino la de  crear las condiciones para aumentar nuestros recursos para enfrentarlos.

Hay mucho que podemos hacer, pero no podremos pasar por alto el proceso de  aprender a estar atentos, que significa también tomar conciencia, discernir y discriminar entre los distintos hechos de la realidad de forma tal que no aumentaremos el impacto de las dificultades. La psicología budista compara la mente no entrenada a un mono loco que salta sin cesar, del pensamiento a la ansiedad, de la emoción a la reacción y de mono meditandola reacción automática y desmedida a la formación de los síntomas que padecemos. Contrariamente, si todos fuéramos capaces de sentarnos tranquilamente durante una hora y observar plenamente todos los lugares que visita nuestra mente ¿Cuánto cambiarían nuestras vidas?

Trabajar la conciencia del presente nos permitirá reconocer cuáles son los sentimientos, las sensaciones, las ideas que se presentan para así no tener que reaccionar de manera automática y a veces desmedida, como hacemos casi siempre que algún acontecimiento interno o externo nos “aprieta el botón” que nos conduce al desequilibrio.

La práctica que nos ayuda a ir en esta dirección es la Meditación, en todas sus formas. ¿Qué es Meditar? La palabra significa familiarizarse con una nueva visión de la realidad, una forma de tratar los pensamientos, de observar a los seres  y el mundo de los fenómenos, es la práctica que nos abre la posibilidad de discernir en el mundo de los acontecimientos que atravesamos a lo largo de la vida.

Meditar también es “medir”, es abrir el camino para conocer nuestra mente y solo conociendo nuestra mente sabremos si nuestras reacciones son acordes o no a las situaciones que vamos atravesando. Si practicamos,  poco a poco iremos aprendiendo a centrar nuestra atención, hasta lograrlo cada vez que lo necesitemos, de manera que podemos obligar a nuestro cuerpo y nuestra mente a estar tranquilos cuando no lo están.

Crearnos nosotros mismos una mente contemplativa nos permitirá mantener cada vez más  la calma por medio del logro de una respuesta cada vez más equilibrada cuando estemos estresados.

Podemos sentir que la vida es buena y que por ello vale la pena ser agradecidos o en cambio concluir que es una condición en la que siempre habrá motivos para sentirnos a disgusto o contrariados.

El que tomemos una u otra posición dependerá del trabajo que realicemos sobre nosotros mismos. ¿Es que acaso no hay personas que siempre sienten agradecimiento mientras que otras tienden a ser quejosas, insatisfechas y malhumoradas? O tal vez, a nosotros mismos, ¿No nos suele ocurrir que olvidamos de agradecer, mientras viramos en ese mismo instante hacia la queja y el malestar injustificado?

Cuando evaluamos la vida, algunas cosas que pensamos o decimos tienen que ver con los acontecimientos en sí, con los hechos: “me pasa esto, me molesta esto o esto me parece bien, lo voy a seguir haciendo, lo voy a dejar de hacer…”. Es adecuado entonces observar y opinar acerca de los hechos ya que -si logramos tener una percepción ajustada de ellos- también podremos cambiarlos cuando es necesario. Pero muy a menudo nos quejamos y esto ya es no tanto producto del mundo de la realidad objetiva sino de nuestras valoraciones a posteriori de los hechos en sí:  podemos convertir a un día nublado en un día “feo”, a una persona molesta en nuestro peor enemigo, tal vez nos evaluemos  a nosotros mismos como los  “peores”, los más  imperfectos o deficitarios, podemos convertir una característica propia en el motivo más fundado para fastidiarnos con nuestra propia persona y así en más, nada nos viene bien si nuestro objetivo es encontrar algo para quejarnos.

Pero entonces,  si quejarse es tan malo:  ¿por qué nos quejamos? La queja es un hábito que se retroalimenta permanentemente porque tenemos miedo de estar en el presente, de aceptar lo que somos,  de dejar de querer ser lo que no somos. El ego le teme al cambio, le teme al espacio abierto o al vacío que se produce cuando no estamos habitando el malestar. Hemos aprendido a quejarnos y ya no sabemos vivir sin hacerlo: el mundo siempre me está debiendo algo a mí, concluimos. El hábito de la queja inunda nuestra mente de descontento inútil llenando nuestros días como a un recipiente en el que ya no caben otras cosas más que quejas, por lo tanto, tampoco entran allí ni el goce, ni el agradecimiento.

Para constatar si esto es así, solo basta observar que muchos que tienen de todo no son felices, en cambio otros que no tienen mucho sí lo son ¿Cuál sería la diferencia? Que los segundos son agradecidos. ¿Y qué pone en evidencia estos hechos? Que la felicidad depende de nuestra actitud y que a esta se accede cuando no la hacemos depender de lo que nos pasa o nos deja de pasar en el momento.

¿Qué podemos hacer entonces? En primer lugar comprender que el agradecimiento no es una acción que consista en decir siempre gracias a los demás. Cuando decimos gracias generalmente lo hacemos por el otro, pero cuando sentimos agradecimiento no solo nos beneficiamos nosotros mismos, sino que ejercemos una acción cuyas consecuencias repercuten en todo el entorno volviendo una y mil veces nuevamente hacia nosotros.

Entonces, el agradecimiento es una práctica, que a diferencia de otras más complejas,  se puede empezar a hacer ya mismo. Es una práctica porque depende del ejercicio de nuestro discernimiento, depende de que aprendamos a estar en el presente, a estar  conscientes, atentos,  y esto permite disolver la ilusión del propio ego, el ego que está hecho del pasado, que está basado en lo que hicimos, en lo que suponemos que somos, en la identidad que fijamos y que no nos deja ser de otra manera.  Pero… ¿Quién dice quiénes somos en realidad? Si el ego se disuelve, nada puede pedir para sí, ni exigir, ni añorar cosas distintas de lo que tenemos y somos en el presente, estaremos así aceptando la oportunidad del goce. ¿Qué oportunidad? La de cambiar y el potencial de cambio es la riqueza que se bloquea cuando nos quejamos.

Es importante entonces detenerse a pensar cómo, cuándo y cuánto somos capaces de ser agradecidos ya que ser agradecidos es sinónimo de ser felices.

A continuación, veamos este video, en el que poesía y música nos ayudan a acercarnos más al tema.

Ir a: http://www.youtube.com/watch?v=3Zl9puhwiyw&feature=channel_page

Stiendl-RastEl Hermano David Steindl-Rast, Dr. en Filosofía, es monje benedictino e investigador en temas religiosos. Sus escritos exploran el mensaje místico original de la cristiandad y su relación con las grandes filosofías espirituales de Oriente. Junto con el monje Thomas Merton,  ayudó a la renovación de la vida religiosa. Nació en Viena, Austria, en 1926 y allí estudió antropología, psicología y arte. En 1952 emigró a Estados Unidos junto a su familia y en 1953 se unió a una comunidad benedictina de Nueva York.  Después de 12 años de entrenamiento monástico, fue enviado por su abate a participar en el diálogo budista-cristiano,  Sus maestros Zen fueron Hakkuun Yasutani Roshi, Soen Nakagawa Roshi, Shunryu Suzuki Roshi, y Eido Shimano Roshi. Fue co-fundador del Centro de Estudios Espirituales en 1968. Viajó por todo el mundo dando conferencias sobre diferentes aspectos de la vida contemplativa y es autor de los libros: The Listening Herat y Gratefulness, the Herat of Prayer.

Su sitio web es:       http://www.gratefulness.org/

Todos conocemos el dolor de no haber sido comprendidos alguna vez,  acaso cientos de veces, miles de veces… pero algunos quedan “atascados” en la repetición de patrones emocionales negativos causados por las heridas provenientes de esta esta situación mientras otros logran re-inventarse y ser personas diferentes.

Nuestra educación enfatiza la importancia de la incorporación de cientos de datos que no tienen relevancia alguna pero pasa por alto la transmisión de valores fundamentales. Cada vez más se pone en evidencia que nos estamos convirtiendo en “informados ignorantes” , sabemos un millón de cosas, menos cómo vivir nuestra vida al mando de valores elevados, como son la empatía y la compasión. ¿Acaso no serían estos valores los únicos que permitirían una vida de relación fundada en bases saludables, lógicas y coherentes?

Estos sentimientos nos permiten expresar lo mejor de nosotros,  sin embargo es largo el camino que aún nos queda recorrer y aún es poco lo que se dice todavía de ellos en nuestra sociedad. ¿Porqué nos cuesta tanto tomar en cuenta a los demás como si fuésemos nosotros mismos?¿Porqué nos cuesta ser compasivos? La práctica de la compasión requiere del desarrollo de habilidades sumamente complejas, de todo un despliegue de inteligencia.

Veamos algunas cuestiones que pueden ayudarnos a vislumbrar la complejidad del tema:  ¿Sirve de algo tan solo sentir pasivamente  lo mismo que sufre otro ser? ¿Es bueno que solo nos aboquemos a sentir “lástima” por los demás? ¿Qué se gana cuando alguien hace por el otro lo que el otro por sí mismo debería poder hacer?¿Cuál es la mejor forma de ayudar a los demás?¿Cómo nosotros mismos necesitamos ser ayudados?

Como vemos, es difícil discernir qué hacer cuando de sentir compasión  se trata. ¿Porqué es así? Una hipótesis interesante es la que afirma que nos diferenciamos hace muy poco tiempo de los demás animales ya que la corteza cerebral superior es una adquisición muy reciente en proporción a la duración de la historia de la humanidad y aún somos “jóvenes” y  muy torpes a la hora de entendernos con nuestras emociones. Es así como vivimos trastabillando en el territorio que comprende a las emociones más primarias, toscas y regidas por la impulsividad y las más elevadas, y por eso no sabemos administrarlas aún con eficiencia.

Para ejercer la compasión hace falta tener un pensamiento complejo ya que ésta va mucho más allá de sentir lo que pueda estar sintiendo otra persona (empatía),  e incluye el interés y la predisposición sincera a hacer algo para aliviar el sufrimiento de los demás. Y eso es algo que no solo se aplica a las demás personas y a los demás animales sino también a uno mismo.

Aunque no lo veamos así, no estamos solos, ni somos distintos de los demás, ni estamos aislados en el mundoy tenemos que tomar conciencia de ello. Afortunadamente hay quienes saben muy bien que esto es así y llevan la delantera en cuanto a que viven con inteligencia practicando estos valores  y  pueden guiarnos con su ejemplo por caminos prácticos y muy concretos.

Conozcamos a Toshiro Kanamori, alguien que supo transformase y ayudar a los demás a hacerlo, vale la pena observar a alguien que trabaja como maestro mientras afirma que “estamos aquí para ser felices”. Él  se animó a hacer algo distinto, a ser creativo y a desafiar lo que se espera de los roles que debemos ocupar, es un maestro distinto.  y bien valen sus enseñanzas para todos nosotros, para padres, para cualquiera que intente establecer un buen vínculo con los demás, humanos o animales no humanos.

Tomemos “al toro por las astas” que todavía hay tiempo para construir una vida distinta, para animarnos a hacer realidad valores que parecen siempre ser solo ideales. ¡Empecemos ya!,  hay mucho por hacer.

Si el video no se reproduce correctamente o si quieres ver dos videos más sobre el tema,  ingresa aquí:

http://dotsub.com/view/785206cc-abf6-4019-a16c-5d47ca4f28b1

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¿Por qué a veces no hacemos nada por cambiar? Aunque estemos dispuestos a hacerlo, a menudo sentimos que muchos de los asuntos difíciles que ocurren en nuestro planeta parecen estar lejos de nuestro ámbito de influencia, de nuestra capacidad para modificarlos.
La consecuencia que puede derivarse es que si pensamos que las dificultades moran en espacios distantes a nosotros terminemos sintiéndonos sin capacidad para  modificar nada, incluso en nuestro propio mundo interno. El resultado será que terminemos perpetuando las dificultades sin que jamás logremos sentirnos felices.
Podemos empezar por nosotros, empezar por casa, gobernar nuestras emociones. ¿Hay acaso algún trabajo más difícil de hacer que mirarnos a nosotros mismos? ¿No es mejor modificar nuestras propias emociones que vivir exigiendo a los demás que cambien? ¿Qué forma tienen nuestros días sino las que nos marcan  nuestras propias emociones?¿Cómo viviremos el tiempo cotidiano si estamos enojados o de malhumor desde la mañana hasta la noche?¿Qué felicidad puede haber en esta situación tanto para nosotros como para los otros?


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TRANSMUTACIÓN es un término que proviene de la alquimia que implica convertir algo aparentemente inútil (como el plomo) en algo sumamente valioso (como el oro), al uso de la emoción como un vehículo de la iluminación.
Aplicando el concepto a la psicología, podemos decir que es un proceso de transformación psicológica que implica la disolución de los estados negativos y dañinos de la mente y su transformación en su auténtica naturaleza como conciencia pura y despierta.

Dos relatos de No Ajah Chah que pueden ser útiles para aclarar estos conceptos, podríamos hacer el ejercicio de cambiar la emoción “enojo” por otras emociones difíciles, por aquellas que nos caractericen a nosotros mismos.

“Cuando está enojado, ¿se siente bien o mal? Si se siente tan mal, ¿por qué no se deshace del enojo? ¿Por qué molestarse en mantenerlo? ¿Cómo puede decir que es sabio e inteligente si se aferra a esas cosas? Hay días en los que la mente puede dar pie a que toda la familia se pelee o puede hacer que llore durante toda la noche. Y, aún con todo eso, todavía queremos enojarnos y sufrir. Si usted observa el sufrimiento que causa el enojo, entonces sólo deshágase de él. Si no se deshace del enojo, continuará causándole sufrimiento indefinidamente, no tendrá respiro. El mundo de la existencia insatisfactoria es así. Si sabemos cómo es, podemos resolver el problema”.

“Una mujer quería saber cómo manejarse con el enojo. Le pregunté de quién era el enojo cuando aparecía. Dijo que era de ella. Bueno, si realmente el enojo era suyo, entonces sería capaz de decirle que desapareciese ¿no? Pero en realidad no lo puede controlar. Aferrarse al enojo como si fuese una posesión personal causará sufrimiento. Si el enojo realmente nos perteneciese debería obedecernos. Si no nos obedece significa que sólo es un engaño. No se deje llevar por él. Ya sea que la mente esté feliz o triste, no se deje llevar por él. Todo es un engaño”.

fuegos-2En su libro “Psicología del despertar “, John Welwood expresa:

“Habitualmente parecemos estar atrapados en las emociones pero,  en cuanto les prestamos la adecuada atención, no encontramos en ellas nada más sólido y fijo que nuestros juicios o historias al respecto. En su estado más puro, las emociones son expresiones de nuestra energía vital. Es sólo nuestra reacción y la historia vital con la que la revestimos(“mi enojo es correcto porque…”, o “mi tristeza es mala porque…”) lo que las convierte en algo denso y pesado.

Que todos podamos comprender lo que ocurre en nuestra mente por medio de la observación permanente, como medio para lograr la felicidad y la paz.


Mientras el espacio dure,
y mientras haya seres,
ojala pueda permanecer también yo
para aliviar el sufrimiento del mundo.

Shantideva

¿La vida es inútil? ¿Es absurda? ¿Todo esfuerzo es infecundo porque el destino es inexorable? ¿Para qué todo, si todo se termina? ¿Hay algo que se pueda hacer frente al vacío de sentido que hay en el mundo?
Desde pequeños nos preguntamos porqué nacemos, para qué vivimos, cuál es la finalidad de la vida;  una tras otras vamos imaginando las razones de nuestra existencia, las misiones para las que fuimos destinados: seremos viajeros, o artistas, tendremos aventuras, haremos empresas, serviremos a los demás, seremos líderes… no importa cuántas ni cuales sean estas misiones, casi todos en algún momento proyectamos algo  grande para nuestra vida.
Otro es el caso de algunas personas que se mueven únicamente en pos de objetivos concretos, que no se ocupan en descubrir sentidos trascendentes, que no se hacen muchas preguntas. Nada malo en ello,  salvo que así corremos el riesgo de vivir como un bote a la deriva,  desperdiciado el inmenso potencial de la vida en la corriente de las circunstancias.

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Mucho juegan en este tema las diferencias individuales, las distintas personalidades, los múltiples niveles de comprensión de la realidad al que accede cada persona. Tal vez  porque la vida es tan difícil,  muchas personas pierden el deseo de vivir, son pesimistas, depresivas, quejosas, solo acentúan los aspectos oscuros y hasta terroríficos que sin lugar a dudas también son parte de la existencia. Por el contrario, los optimistas saben deplegar  todo su potencial de transformación, saben estar atentos  y, por lo tanto tan enteramente conectados con la vida que  jamás piensan que ésta no  tiene sentido.
No olvidemos que, quien carece de fines para la propia vida carece también de proyectos para llegar hasta ellos. En consecuencia no tiene ninguna tarea que llevar a cabo. Encontrar el sentido de la vida puede ayudarnos  a definir más claramente cuáles son las cosas que remarcaremos con énfasis  a partir de las que lograremos tomar mejores decisiones en cuanto a cómo y cuándo invertir mejor nuestra propia energía.
El proponernos descubrir sentidos, puede ser la llave para abrir la pasión -no nos estamos refiriendo aquí a la ciega pasión o a la pasión desmedida- sino al motor que propulsa hacia adelante, hacia extraordinarias maneras no imaginadas de ser y de existir,  hacia la sensación acerca de que la vida también puede ser maravillosa y ancha, luminosa y plagada de ricas experiencias.
Las personas que conocen el sentido de sus vidas tienen un mayor sentido de coherencia, de verdad personal, son más espontáneas,  más intrépidas, tienen más fe,  más confianza en la vida y en la gente,  saben con certeza que su vida es  importante y que su influencia no es nada despreciable para la sociedad.
Otro tema común en los “buscadores de sentido” es el especial interés que prestan al desarrollo de valores, no de aquellos que son impuestos por la sociedad, sino los que se eligen. ¿Por qué es así? Porque estas personas nada dan por sentado y viven conectados a un amplio sentido de libertad ya que saben del libre albedrío. Quienes son  “creadores” de valores saben fehacientemente  que el crear, aprender y perfeccionarse en el ejercicio de ellos, se pueden también encontrar  razones para estar vivos ya que comprenden que  vivir no es solo hacer lo que se espera de nosotros.
Dado que no hay dos personas iguales,  no existe  un único sentido de vida que sea válido para todos y por ello no cabe esperar que los demás nos revelen las razones que son solo personales. La opción es aprender a “sentir el sentido” de la vida: hace falta realizar un arduo trabajo de contacto con la propia intuición, seguir de cerca las experiencias que nos van sucediendo y conocer y respetar las  características individuales junto con los propios deseos y las posibilidades reales en cada momento y circunstancia vital.
Encontrar el sentido de la vida no es cerrarse en esquemas o estructuras rígidas que todo lo expliquen,  sino saber fluir con la corriente de la vida en vez de pelear contra ella,  saber que es probable que nunca jamás lleguemos a comprender el plan del Universo en su totalidad y saber que a pesar de ello somos una pieza fundamental de él, reconociendo nuestra propia grandeza aún en nuestra evidente pequeñez.

***

Un ejercicio para experimentar

Este es un simple ejercicio de atención: ¿Probó alguna vez quedarse observando detenidamente cualquier simple detalle de la vida? Por ejemplo, cómo se refleja un rayo de sol sobre algún objeto. ¿Descubrió algo nuevo y distinto al hacerlo durante un buen rato? ¿Probó rememorar detalladamente las escenas de la vida en las que sintió  amor y  goce ? ¿Probó  valorar cuánto logró superarse en circunstancias difíciles y cuánto mejor pudo seguir viviendo después de ellas? Intente recordar con precisión algo que usted mismo haya hecho por alguien…¿Recuerda el gesto que hizo quien recibió su servicio?
Luego de hacer el ejercicio: ¿Logró percibir que no hay que ir tan lejos para conocer el motivo de la propia vida?

Un autor para consultar
¿Quién  mejor para recordar aquí que a Viktor Emil Frankl ? (1905 – 1997) Neurólogo y psiquiatra austríaco, fundador da la Logoterapia. Sobrevivió desde 1942 hasta 1946 en varios campos de concentración nazis. Entre otras obras, escribió el libro “El hombre en busca de sentido”.

Foto: DOKUSHÔ VILLALBA

Foto: DOKUSHÔ VILLALBA

En nuestra sociedad competitiva y materialista  decir “no hacer nada” sugiere casi automáticamente el surgimiento de conceptos tales como pereza, inactividad, indolencia, palabras cargadas de una fuerte connotación negativa.

Por suerte para los vendedores de “espejitos de colores” del mundo, estamos acostumbrados a no soportar el silencio, la nada o el vacío; generalmente nos encontramos buscando algo para hacer que sea más llevadero que estar con nosotros mismos: siempre habrá un juego al que jugar, una salida para hacer, una comida sofisticada para saborear, algún encuentro con cualquier persona que llene el hueco del fin de semana aunque no revista ninguna importancia para nosotros, en definitiva, siempre habrá algo mejor que hacer que no hacer nada.

Cuando se producen “huecos” de ocupaciones en nuestra vida cotidiana, tenemos la oportunidad de observar cómo que surgen en nosotros los sentimientos de ansiedad, aburrimiento, angustia, sensación de no saber qué hacer con nosotros mismos, de no saber siquiera a dónde ubicarnos en el espacio del presente.

Nuestra mente es inquieta , constantemente rezongamos, nos quejamos, nos hundimos en nuestros propios pensamientos inútiles. Gran parte de nuestra vida interior se caracteriza por esta especie de manera de pensar,  casi infantil:  “Me gusta esto, aquello es detestable, el me hirió, no me tomaron en cuenta. ¿Cómo puedo conseguir eso? ¿Cómo puedo luego conseguir lo otro?”.  Estos pensamientos emocionalmente alterados constituyen nuestros intentos de mantener activo el principio del placer, constantemente tenemos pensamientos inmaduros y egoistas, ninguno de nosotros está demasiados lejos del niño de 5 años que mide constantemente para ver a quién le dieron más y para reclamar más atenciones.

Cuando estamos en silencio a menudo presenciamos el surgimiento  de emociones difíciles y reaccionamos automáticamente yendo hacia la búsqueda de cosas que atrapen nuestra atención y nos distraigan del malestar. Esa huida de nuestras emociones desagradables  inmediatamente deriva en la supresión de todo nuestro sentir dejándonos tristes o aburridos, angustiados o perdidos. Nuevamente nos vemos obligados a ir hacia una nueva búsqueda de emociones, objetos y situaciones que nos produzcan placer. ¿Qué ocurre en este circuito? Que terminamos amputando una parte de nosotros mismos: nuestra auténtica naturaleza, ese espacio en el que no es necesario mucho más que nosotros mismos para saber qué hacer.

Si mediante la práctica de la contemplación, logramos abandonar el abrumador deseo de adquirir y actuar, de ser o de tener, de ir hacia el futuro o de volver al pasado, lograremos que nuestra agitada mente encuentre serenidad.
No hacer nada (o lo que los taoistas llaman “no-hacer”) no significa cerrar la mente o ir a dormir, sino aquietarla siendo consciente de cualquier cosa que ocurra en el momento presente, sin añadir el esfuerzo de intentar controlarlo. No hacer significa estar en paz.

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Para seguir asimilando estos conceptos, aca va el rap que compartió Javy

“La soledad comienza”. Xhelazz

http://www.youtube.com/watch?v=meBjEgznOek

Más como conozco la perfecta armonía y la

Walt Whitman

Walt Whitman

ecuanimidad de las cosas, guardo silencio mientras

los otros discuten y me voy a hundirme en el mar

y a admirarme a mí mismo.

Bien venidos sean todos mis órganos y todos mis

atributos, y los de cualquier hombre vigoroso y

puro,

Ni una pulgada, ni una partícula de una pulgada, es

vil, y ninguna debe ser menos conocida que las otras.

“Canto de mí mismo” Walt Whitman

Si nos auto observamos, si recorremos el camino del auto conocimiento, nos veremos a menudo obligados a diferenciar entre  la energía que debemos disponer para nosotros mismos y la que es necesaria para destinar a los demás.

En la vida se presentan situaciones que requieren que nos olvidemos en parte de nosotros mismos y que conllevan el potencial peligro que implica el descuido personal. Tal es el caso de quienes se encuentran a cargo de algún ser querido enfermo, o de quienes están en etapa de educar niños, o de quienes trabajan en profesiones de ayuda o servicio. A estas realidades se agrega la que se presenta a las personas sensibles, que saben sentir compasión, que están dispuestas a ayudar a otros y cuya lección consiste en aprender a discriminar exactamente el punto en el que el esfuerzo que realizan por los otros ya se vuelve innecesario y perjudicial para sí mismos.

Algunos conceptos pueden guiarnos en el difícil arte de poner de nosotros mismos la medida necesaria para cada circunstancia en la que seamos llamados a hacer o sentir por los demás.

El término “EGOISMO”, según figura en el diccionario, “es el inmoderado y excesivo amor a sí mismo, que hace atender desmedidamente al propio interés, sin cuidarse del de los demás”.

La expresión “NARCISISMO” –que en el lenguaje corriente se utiliza cuando designamos a alguien como “narcisista”- abarca a las personas que solo están preocupadas en su propio reflejo en el espejo, quedando cautivadas por él de tal forma que terminan padeciendo su propia autosuficiencia.

Entonces no nos ocuparemos de nosotros mismos mientras pensemos que así seremos “egoistas” o “narcisistas” o que disfrutar de nuestra propia compañía nos hace fríos y calculadores, insensibles y distantes. ¿Que hay personas que sólo piensan en sí mismas? Sin lugar a dudas, pero de ahí a pensar que los que se cuidan y se toman en cuenta ¡son monstruos que no tienen remedio!… Y el caso exactamente opuesto: ¿Cómo puede ser posible que una buena persona trate mucho mejor a los demás que a sí misma?

Los occidentales solemos decir con claridad absoluta “ama a los demás como a ti mismo” y sin embargo posemos una autoestima tan baja que nos lleva a detestarnos a nosotros mismos. Pero acaso, en contra de lo que nuestra cultura nos enseña: ¿No será que la mejor forma de ocuparse de los demás es ocupándonos de nosotros mismos?

Pensar en exceso en los otros puede ser una forma de encubrir vacíos personales y la propia insatisfacción; puede ser un artilugio de auto engaño -muchas veces inconsciente- que algunos tienen a mano para no pensar en sí mismos cuando lo que sienten sobre sí no les agrada o cuando se perciben vulnerables. De esta forma eligen la opción de ser los más fuertes frente al “débil” que los necesita pasando por alto su propia angustia frente a la percepción de su propia fragilidad no elaborada.

En algunas tradiciones de Oriente, consideran que el respeto por uno mismo es tan esencial para la existencia humana como el respeto a los demás y que cualquier compasión que no tenga en cuenta al yo tiene consecuencias nefastas. La compasión, en suma, va más allá del simple hecho de sentir lo que pueda estar sintiendo otra persona (empatía) e incluye el interés y la predisposición sincera a hacer algo para aliviar el sufrimiento de los demás. Y eso es algo que se aplica tanto a uno mismo como a otra persona.

En la tradición hindú, el Karma yoga constituye un interesante ejemplo del modo de trascender la dicotomía self/otro, yo/tú, porque se trata de un tipo de servicio que beneficia tanto al dador como al receptor.

Para cualquiera que haya trabajado, aunque sea poco, consigo mismo, termina resultando evidente que el egoísmo es un problema que refuerza estados tan negativos como la codicia, la cólera, el odio y la culpa y que debe ser diferenciado claramente de la verdadera actitud de auto cuidado, auto respeto y amor verdadero por uno mismo.

Suelen utilizarse los términos “buscador” o “guerrero espiritual” para denominar a las personas que indagan sobre sí, que se preguntan a cerca del sentido de la vida, que se proponen desarrollar valores elevados y que  cultivan la vida cotidiana  para desarrollar sus energías y alinearlas  hacia la Totalidad.
Proponerse aprender de todo y de todos es una tarea maravillosa, rica, llena de sorpresas y misterios, pero no es fácil saber qué hacer cuando decidimos vivir sin pertenecer a instituciones, ni a grupos y  ni a nada ni a nadie en particular.

Ramiro Calle, en  “La vía secreta del guerrero espiritual”, Ed. Oniro, propone un código de conducta, una técnica de perfeccionamiento o instrumento útil para intensificar la atención, la auto vigilancia y propulsar el auténtico despertar de la conciencia. No se trata, en absoluto, de un código coercitivo, nadie se lo impone al guerrero, sino que él mismo adquiere un compromiso con él.
Calle aclara que el código que él mismo propone es producto de su propia experiencia, por ello es una tarea interesante que cada quién se anime a crear su propio código y a reformularlo cada vez que haga falta en función del transcurrir de su propia experiencia.

1.   Nada de lamentaciones: al lamentarnos, experimentamos un temporal alivio, pero perdemos parte de nuestra energía y nos debilitamos.
2.    Nada de auto compadecerse: no ceder a la autocompasión puede permitir aprovechar el propio ánimo para pulirse y sacar fuerzas de la propia debilidad pasajera.
3.   Superar la auto importancia: nuestro propio narcisismo es fuente de dolor y nos hace débiles y neuróticos. Así quedamos pendientes de los juicios de los demás sobre nosotros, nos sentimos rápidamente heridos si no nos consideran lo que esperábamos, ansiamos ser centro de atención y reclamamos incesantemente cariño y cuidados.
4.    Cambiar el «no puedo» por «no quiero». “Incluso debemos aprender a decir «no quiero» en lugar de «no puedo», cuando sea así, de manera cortés, pero exponiendo nuestra verdadera intención.
5.    Cambiar «me hacen» por «me hago». Es cierto que estamos expuestos al maltrato de los otros, pero en la vida cotidiana por lo general, siempre que nos hacen o muchas que nos hacen, es porque nos dejamos hacer.
6.    No mentir, no falsear (ajustarnos a la realidad tal y como es). No solo mentimos a los otros o les falseamos los hechos, sino que con más frecuencia todavía nos mentimos a nosotros mismos. El guerrero espiritual utiliza la realidad para ponerla al servicio de su búsqueda, utilizarla como piedra de toque para pulir su carácter.
7.    Nada de pretextos o justificaciones. Si algo tienes que pretextarlo, no lo hagas. El guerrero vive exponiéndose, no pretextándose, abriéndose, no justificándose.
8.    Ser responsables de nuestros actos: se requiere valor y coraje para responsabilizarse de todo acto. Trata de ser diestro y directo, pero si se equivoca, asume su equivocación.
9.    Nunca culpabilizarse ni arrepentirse. La culpa y el arrepentimiento son falaces e infantiles.
10.  No arrogarnos cualidades de las que carecemos.
11.  Aceptación, amor por nosotros mismos y por las demás personas: Aceptación no es resignación. Aceptación es asumir las cosas tal cual son y desde esa actitud de aceptación, comenzamos a tratar de modificarnos.
12.  Ecuanimidad más allá de la avidez y la aversión
13.  Ser concientes sin prejuicios y condicionamientos, vigilante a la mente, la palabra y la acción.
14.  Tomar la vida como un maestro, un reto, sin demandar excesiva seguridad.
15.   Ser de todos, pero de nadie demasiado: En el lago se reflejan las estrellas por la noche, pero ninguna puede aprisionar sus aguas. Así es el guerrero. En disponibilidad, abierto, pero no se hipoteca con nadie, no alimenta dependencia, ni apegos mórbidos.
16.   Ser el propio refugio, la propia lámpara, la propia autoridad, dependiendo psicológicamente de uno mismo.
17.   Desarrollar el sentimiento de que cada segundo puede ser el último: La muerte no es mañana; es hoy. Siempre será hoy cuando llegue la muerte, el gran mensajero divino. Cuanto más apegados estemos, más la temeremos; cuanto más ego tengamos, más horror nos inspirará. Sin apego, sin ego, ¿qué es la muerte?. Su idea no debe debilitarnos, sino proporcionarnos fuerza. Si vivenciamos cada segundo como que muy bien puede ser el  último, le procuraremos un significado pleno y creativo y lo haremos en inafectación y libertad.

¿Cuántas veces hemos descartado pensamientos propios por considerarlos desajustados? ¡Como si todo lo que se dice y se hace en nuestro contexto social fuera tan razonable! ¿Cuánto se ve cuando realmente se está dispuesto a ver? ¿Cuánto perciben las personas sensibles? ¿Cuántas equivocaciones propias y ajenas vemos al mirar ampliamente a nuestro alrededor? ¿Qué posición tomar frente al daño que, día a día, vemos que ocasionan los otros?

Si al pensar en los demás los consideramos distintos y por ello inferiores, estamos actuando arrogantemente. Por eso, quienes saben que todos somos Uno, que todos somos iguales, muchas veces no desean establecer diferencias entre las personas, aunque en ocasiones, esto se haga verdaderamente necesario.

Mirar a la gente y hacer una clasificación entre las distintas actitudes que observamos puede ayudarnos a tomar decisiones relativas a como es más conveniente manejarnos en nuestro entorno social.  Todos nos vemos expuestos a cosas que no nos gustan, que nos parecen injustas y estas situaciones van desde la sencilla escena de ver que otro tira un papel al piso en la vía pública, hasta la de ser testigos directos o indirectos de la violencia más extrema. Saber reconocer las diferencias entre personas puede ayudarnos a evaluar si es necesario poner límites , si debemos ser compasivos u optar por ser nosotros mismos combativos, saber si debemos tolerar y no hacer nada o decidirnos a actuar.

Hermann Hess fue un hombre sensible, un visionario, alguien que se animó a sentir y a disentir. Quienes recorren el camino del auto descubrimiento, personas de esta y de anteriores generaciones, conocen su obra. Nació en 1877 pero sus ideas de avanzada perfectamente podrían corresponder a algún hombre de nuestros días. Buscó la verdad, no intentó engañarse, no se conformó con todo lo que le dijeron sus educadores, revisó los valores de su familia sin acatarlos ciegamente. No solo se abrió a su sensibilidad y a las preguntas acerca del sufrimiento sino que , además, se dio cuenta que podía recorrer su vasto mundo interno (entre otras cosas, se interesó por el psicoanálisis e hizo terapia de tipo junguiano),  vislumbró la riqueza posible en el intercambio de culturas, sobre todo entre Oriente y Occidente.

De familia muy religiosa, lo hacen ingresar en un seminario a la edad de 14 años. Comenzó a rebelarse, a ser un “indisciplinado” en los centros escolares de los que fue expulsado en numerosas ocasiones. Su padre lo envía a la residencia de un pastor y exorcista protestante para que éste pudiera aplacar el agitado comportamiento de su “embrujado” hijo. Allí Hess intenta suicidarse a raíz de un desengaño amoroso con la hija del sacerdote, razón por la cual fue internado en un psiquiátrico. En consecuencia, se educó él mismo a base de lecturas. Fue pacifista y, por ello, recibió el calificativo de traidor por sus comentarios antibélicos durante la Primera Guerra Mundial y también fue incluido en la lista negra el partido nazi.

Difícil es hacer una selección de fragmentos de su obra, siempre tan clara y profunda, recordemos solo algunas palabras pertenecientes al libro “Demián”.

“La vida de todo hombre es un camino hacia sí mismo,
la tentativa de un camino, la huella de un sendero.
Ningún hombre ha sido nunca por completo él mismo;
pero todos aspiran a llegar a serlo, oscuramente unos, más claramente otros,
cada uno como puede. Todos llevan consigo, hasta el fin,
viscosidades y cáscaras de huevo de un mundo primordial.
Alguno no llega jamás a ser hombre,
y sigue siendo rana, ardilla u hormiga.
Otro es hombre de medio cuerpo arriba, y el resto, pez.
Pero cada uno es un impulso de la Naturaleza hacia el hombre.
Todos tenemos orígenes comunes: las madres;
todos nosotros venimos de la misma sima,
pero cada uno -tentativa e impulso desde lo hondo- tiende a su propio fin.
Podemos comprendernos unos a otros, pero sólo a sí mismo puede interpretarse cada uno”

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