
Nos ha tocado vivir en el tiempo en el que la humanidad está comprendiendo que los recursos del planeta son finitos. No hasta hace mucho, si teníamos conciencia de cómo se estaba desencadenando el proceso, nos sentíamos solos, exagerados o locos, al no tener con quien compartir nuestras percepciones. Afortunadamente la globalización ha traído, en este tema al menos, una ventaja y es que todos tenemos mucha más información que puede unirnos a los demás, a ver cómo todos somos una sola comunidad y que también puede generar formas y medios de colaboración y solidaridad.
Frente a esta mayor difusión, cada vez menos podemos negar lo que intuimos que ocurre en nuestro querido planeta y este tema impregna nuestra vida diaria repercutiendo psicológicamente de maneras muy diversas.
La información es tan clara y contundente, que suele dejarnos con la sensación de impotencia frente a un problema que parece tener un tamaño que supera en mucho nuestras posibilidades de intervenir.
Quienes han comprendido el estado de las cosas, suelen sentirse distintos al resto de la sociedad, verse a sí mismos como exagerados o locos, quizás hasta un poco marginados o marginales al sistema, dado que la cultura de la sociedad va hacia otro lado, el del consumo.
Durante mucho tiempo los gobiernos pudieron hacer de cuenta que se podía comerciar y consumir con absolutamente todos los recursos con los que contamos, apoyaron y propagaron la idea que la abundancia es buena, que cuanto más tenemos más somos y que las riquezas a obtener no importa cómo, son el único indicador del éxito. Por eso, la sola idea de economizar usando solo lo que necesitamos y de ser austeros puede inducirnos a sentirnos pobres o tal vez avaros.
La comprensión de la devastación que estamos haciendo de los recursos no renovables nos puede hacer pensar en un futuro de desastres ecológicos que pueden afectar a nuestros hijos o incluso a nosotros mismos. ¿Cómo podemos enfrentar la inquietud que produce la sensación de catástrofe por venir? Frente a tanto vaticinio o futurología, una vez más recordemos que lo único que tenemos es el presente, de nada sirve llevar la imaginación hacia lo que aún no ocurrió.
Podemos intentar tomar conciencia de la angustia que nos surge, sobre todo si ésta nos deja paralizados. La clave: como con todas nuestras emociones, es mejor auto observarnos, observar nuestra propia mente y las reacciones emocionales que suelen sobrevenir cuando nos conectamos con la situación. En vez de desilusionarnos, deprimirnos y paralizarnos, surgirá así lo mucho que en verdad podemos hacer:
- Es cierto que muchos no alcanzamos a tener una visión política desarrollada, y que nuestra vida y trabajo nada tienen que ver con quienes conocen en profundidad el problema de la ecología. Tomemos en cuenta que, a pesar de ello, algo podremos hacer si nos informamos, no desvaloricemos el saber de quien no es experto.
- No tiene importancia si lo que podemos hacer por cuidar nuestro planeta es poco o es mucho, porque “poco” siempre significa más que “nada”, recordemos que el océano está formado por millones de gotas.
- Cuidemos la actitud que tomamos cuando percibimos lo enorme que en verdad es el problema. En forma semejante a como nos ocurre cuando estamos sentados frente a la enorme cantidad de tareas que nos esperan en el día y que nos ponen ansiosos, torturarnos con que jamás lograremos cumplir con la tarea no nos va a ayudar.
Annie Leonard es una experta en comercio internacional, desarrollo sostenible y salud ambiental. Investigó por dos décadas sobre temas de medio ambiente y educación. Ha realizado un video que ya han visto 6 millones y medio de personas, a lo largo de 200 países.
Ella trabaja actualmente en distintas organizaciones: GAIA, Health Care Without Harm, Essential Action and Greenpeace International.

la reacción automática y desmedida a la formación de los síntomas que padecemos. Contrariamente, si todos fuéramos capaces de sentarnos tranquilamente durante una hora y observar plenamente todos los lugares que visita nuestra mente ¿Cuánto cambiarían nuestras vidas?
El Hermano David Steindl-Rast, Dr. en Filosofía, es monje benedictino e investigador en temas religiosos. Sus escritos exploran el mensaje místico original de la cristiandad y su relación con las grandes filosofías espirituales de Oriente. Junto con el monje Thomas Merton, ayudó a la renovación de la vida religiosa. Nació en Viena, Austria, en 1926 y allí estudió antropología, psicología y arte. En 1952 emigró a Estados Unidos junto a su familia y en 1953 se unió a una comunidad benedictina de Nueva York. Después de 12 años de entrenamiento monástico, fue enviado por su abate a participar en el diálogo budista-cristiano, Sus maestros Zen fueron Hakkuun Yasutani Roshi, Soen Nakagawa Roshi, Shunryu Suzuki Roshi, y Eido Shimano Roshi. Fue co-fundador del Centro de Estudios Espirituales en 1968. Viajó por todo el mundo dando conferencias sobre diferentes aspectos de la vida contemplativa y es autor de los libros: The Listening Herat y Gratefulness, the Herat of Prayer.

En su libro “Psicología del despertar “, John Welwood expresa: 



