Mientras el espacio dure,
y mientras haya seres,
ojala pueda permanecer también yo
para aliviar el sufrimiento del mundo.
Shantideva
¿La vida es inútil? ¿Es absurda? ¿Todo esfuerzo es infecundo porque el destino es inexorable? ¿Para qué todo, si todo se termina? ¿Hay algo que se pueda hacer frente al vacío de sentido que hay en el mundo?
Desde pequeños nos preguntamos porqué nacemos, para qué vivimos, cuál es la finalidad de la vida; una tras otras vamos imaginando las razones de nuestra existencia, las misiones para las que fuimos destinados: seremos viajeros, o artistas, tendremos aventuras, haremos empresas, serviremos a los demás, seremos líderes… no importa cuántas ni cuales sean estas misiones, casi todos en algún momento proyectamos algo grande para nuestra vida.
Otro es el caso de algunas personas que se mueven únicamente en pos de objetivos concretos, que no se ocupan en descubrir sentidos trascendentes, que no se hacen muchas preguntas. Nada malo en ello, salvo que así corremos el riesgo de vivir como un bote a la deriva, desperdiciado el inmenso potencial de la vida en la corriente de las circunstancias.

Mucho juegan en este tema las diferencias individuales, las distintas personalidades, los múltiples niveles de comprensión de la realidad al que accede cada persona. Tal vez porque la vida es tan difícil, muchas personas pierden el deseo de vivir, son pesimistas, depresivas, quejosas, solo acentúan los aspectos oscuros y hasta terroríficos que sin lugar a dudas también son parte de la existencia. Por el contrario, los optimistas saben deplegar todo su potencial de transformación, saben estar atentos y, por lo tanto tan enteramente conectados con la vida que jamás piensan que ésta no tiene sentido.
No olvidemos que, quien carece de fines para la propia vida carece también de proyectos para llegar hasta ellos. En consecuencia no tiene ninguna tarea que llevar a cabo. Encontrar el sentido de la vida puede ayudarnos a definir más claramente cuáles son las cosas que remarcaremos con énfasis a partir de las que lograremos tomar mejores decisiones en cuanto a cómo y cuándo invertir mejor nuestra propia energía.
El proponernos descubrir sentidos, puede ser la llave para abrir la pasión -no nos estamos refiriendo aquí a la ciega pasión o a la pasión desmedida- sino al motor que propulsa hacia adelante, hacia extraordinarias maneras no imaginadas de ser y de existir, hacia la sensación acerca de que la vida también puede ser maravillosa y ancha, luminosa y plagada de ricas experiencias.
Las personas que conocen el sentido de sus vidas tienen un mayor sentido de coherencia, de verdad personal, son más espontáneas, más intrépidas, tienen más fe, más confianza en la vida y en la gente, saben con certeza que su vida es importante y que su influencia no es nada despreciable para la sociedad.
Otro tema común en los “buscadores de sentido” es el especial interés que prestan al desarrollo de valores, no de aquellos que son impuestos por la sociedad, sino los que se eligen. ¿Por qué es así? Porque estas personas nada dan por sentado y viven conectados a un amplio sentido de libertad ya que saben del libre albedrío. Quienes son “creadores” de valores saben fehacientemente que el crear, aprender y perfeccionarse en el ejercicio de ellos, se pueden también encontrar razones para estar vivos ya que comprenden que vivir no es solo hacer lo que se espera de nosotros.
Dado que no hay dos personas iguales, no existe un único sentido de vida que sea válido para todos y por ello no cabe esperar que los demás nos revelen las razones que son solo personales. La opción es aprender a “sentir el sentido” de la vida: hace falta realizar un arduo trabajo de contacto con la propia intuición, seguir de cerca las experiencias que nos van sucediendo y conocer y respetar las características individuales junto con los propios deseos y las posibilidades reales en cada momento y circunstancia vital.
Encontrar el sentido de la vida no es cerrarse en esquemas o estructuras rígidas que todo lo expliquen, sino saber fluir con la corriente de la vida en vez de pelear contra ella, saber que es probable que nunca jamás lleguemos a comprender el plan del Universo en su totalidad y saber que a pesar de ello somos una pieza fundamental de él, reconociendo nuestra propia grandeza aún en nuestra evidente pequeñez.
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Un ejercicio para experimentar
Este es un simple ejercicio de atención: ¿Probó alguna vez quedarse observando detenidamente cualquier simple detalle de la vida? Por ejemplo, cómo se refleja un rayo de sol sobre algún objeto. ¿Descubrió algo nuevo y distinto al hacerlo durante un buen rato? ¿Probó rememorar detalladamente las escenas de la vida en las que sintió amor y goce ? ¿Probó valorar cuánto logró superarse en circunstancias difíciles y cuánto mejor pudo seguir viviendo después de ellas? Intente recordar con precisión algo que usted mismo haya hecho por alguien…¿Recuerda el gesto que hizo quien recibió su servicio?
Luego de hacer el ejercicio: ¿Logró percibir que no hay que ir tan lejos para conocer el motivo de la propia vida?
Un autor para consultar
¿Quién mejor para recordar aquí que a Viktor Emil Frankl ? (1905 – 1997) Neurólogo y psiquiatra austríaco, fundador da la Logoterapia. Sobrevivió desde 1942 hasta 1946 en varios campos de concentración nazis. Entre otras obras, escribió el libro “El hombre en busca de sentido”.