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Saber desear

“El secreto sólo se revela ante aquellos ojos que no se hallan empañados por el apego” Tao Te King

Dadas las dificultades que se nos presentan al afrontar nuestras vidas, nada malo hay en el hecho de desear disfrutar de experiencias agradables: queremos tener objetos, o atravesar experiencias extraordinarias, o tal vez vincularnos con personas interesantes, lograr mayores éxitos económicos y  laborales, y así en más; grandes o pequeños, fuertes o imperceptibles, todo tipo de deseos impulsan nuestras vidas todo el tiempo.

Cada uno de estos deseos ejerce su poder de hacernos sentir placer durante un tiempo, un goce que siempre termina, obligándonos a salir nuevamente en búsqueda de una nueva experiencia.  Así pues, el problema no radica tanto en cuál es nuestro objeto de deseo como en el constante flujo de energía que nos mantiene atados a él. El peligro reside en caer en lo que podríamos denominar la mentalidad del “si tuviera”: “Si tuviera tal habilidad, si tuviera un mejor trabajo, una buena relación de pareja, mejores ropas, un temperamento más fácil, podría llegar a ser feliz”.

En el caso de que lográramos lo que deseamos, seguiríamos queriendo más o desearíamos otra cosa completamente diferente y esto nos remite al sentimiento de que estamos incompletos y a que siempre nos falta algo que nos aleja del gozo de nuestra propia plenitud, el deseo puede hacernos sentir insatisfechos con lo que tenemos.

El desafío que tenemos por delante es darnos cuenta que -si no prestamos la debida atención-  estaremos adheridos  a abstracciones que siempre se hallan en otro lado, impidiéndonos permanecer en el lugar en el que verdaderamente nos encontramos. El apego nos conduce a  personas u objetos que nos intoxican,  a desagradables sentimientos de envidia o egoísmo, al surgimiento de ansiedad e insatisfacción permanentes; podemos tener dificultades para realizar cambios, para dejar el pasado atrás y vivir en el presente; puede surgir en nosotros la siempre inútil comparación con otros “que tienen más” o “son más” de forma tal que siempre terminemos disminuídos en nuestras posibilidades reales.

El apego, al revés que el verdadero amor, puede aumentar con creces la lista de nuestros miedos: a quedarnos solos, a aburrirnos al no sentir deseos particulares, a quedar despojados de todo.

La siguiente poesía de Elizabeth Bishop (1911-1979) artista y poetiza norteamericana, puede ayudarnos a comprender este aspecto de la vida.

UN ARTE

El arte de perder no es muy difícil;
tantas cosas contienen el germen
de la pérdida, pero perderlas no es un desastre.

Pierde algo cada día. Acepta la inquietud de perder
las llaves de las puertas, las horas malgastadas.
El arte de perder no es muy difícil.

Después intenta perder lejana, rápidamente:
lugares, y nombres, y la escala siguiente
de tu viaje. Nada de eso será un desastre.

Perdí el reloj de mi madre. ¡Y mira! desaparecieron
la última o la penúltima de mis tres queridas casas.
El arte de perder no es muy difícil.

Perdí dos ciudades entrañables. Y un inmenso
reino que era mío, dos ríos y un continente.
Los extraño, pero no ha sido un desastre.

Ni aun perdiéndote a ti (la cariñosa voz, el gesto
que amo) me podré engañar. Es evidente
que el arte de perder no es muy difícil,
aunque pueda parecer (¡escríbelo!) un desastre.

Todos somos sagrados

A diario nos proponemos muchísimos objetivos que nos parecen muy concretos y reales, corremos detras de un montón de tareas en apariencia muy relevantes, solemos elaborar muy seriamente conceptos y significados más que complejos,  pero frecuentenmente no nos damos cuenta que no reflexionamos lo suficiente sobre preguntas sencillas y profundas cuyas respuestas harían que nuestras vidas tuvieran más sentido y significado: ¿Cuánta importancia tiene cada ser vivo, incluídos nosotros mismos?¿Cuán necesario es que valoremos todas y cada una de las experiencias por las que atravesamos?¿Cuánto valor le damos a las pequeñas cosas que aprendemos?¿Cuánto dejamos que nos maltraten suponiendo que no somos importantes?

A partir de la década del 70 algunos occidentales comienzan a formarse con maestros de ditstintas tradiciones de Oriente. Ane Pema Chödron, una de ellos, es una neoyorquina nacida en 1936, que se ordena como monja tibetana en 1974. En la actualidad dirige el monasterio de Gampo Abbey, en Canadá, dedicándose a impartir enseñanzas de meditación y a escribir.

En su libro “La sabiduría de la no evasión”, Ed. Oniro, Pema recuerda las palabras con las que inició un retiro de Meditación:

“En muchas tradiciones, incluyendo la del budismo tibetano, el círculo es un poderoso símbolo que indica el carácter sagrado de las cosas. En todas esas tradiciones hay rituales en los cuales la imagen del círculo se utiliza del siguiente modo: trazas un círculo a tu alrededor mientras permaneces de pie en el centro, y ello ye ayuda a comprender que siempre estás en el centro del universo. El círculo que te rodea te muestra que siempre estás en un espacio sagrado”

“El cometido de nuestra vida es utilizar lo que se nos ha dado para despertar. Si existieran dos personas que fueran exactamente iguales -el mismo cuerpo, la misma habla, la misma mente, la misma madre, el mismo padre, la misma casa, la misma comida, todo lo mismo-, una de ellas podría utilizar lo que tiene para despertar y la otra podría usarlo para volverse más resentida, amargada y agria. Lo mismo da que se nos haya dado una deformidad física, una enorme riqueza o pobreza, belleza o fealdad, estabilidad mental o inestabilidad, una vida en medio de una casa de locos o una vida en medio de un tranquilo y silencioso desierto. Sea lo que fuere puede despertarnos o adormecernos. Éste es el desafío del ahora: ¿Qué vas a hacer con lo que ya tienes, con tu cuerpo, con tu habla y con tu mente?

“El objeto de la vida es despertar, dejar que las cosas que penetren en el interior de tu círculo te despierten en lugar de adormecerte. El único modo de conseguirlo es permanecer abierto, lleno de curiosidad, y desarrollar un sentido de compasión por todo cuanto sucede, querer conocer su naturaleza y dejar que ello te enseñe lo que quiera”

“Dondequiera que vayas, por el resto de tu vida estarás siempre en medio del universo y el círculo estará siempre a tu alrededor. Cada una de las personas que se acerquen a ti habrá entrado en ese sagrado espacio, y no por casualidad. Todo cuanto penetra en ese espacio está ahí para enseñarte”

Más información:

En el sitio de Pema se encuentran algunos artículos en español: http://www.pemachodron.org

Monasterio Gampo Abbey, Canadá: http://gampoabbey.org

Entrevistas con Bill Moyers:

http://es.youtube.com/watch?v=8K42ZsA5hFk

En Occidente valoramos inmensamente los procesos educativos, pero a pesar de ello, no enseñamos ni aprendemos ciertas verdades fundamentales que, comprendidas a tiempo, podrían facilitarnos vivir más plenamente. Ejemplo de ello, es la posición que adoptamos con respecto al sufrimiento, aspecto de la realidad que consideramos un mal que nos azota desde el exterior de nosotros mismos y que tenemos que combatir para así eliminarlo completamente. ¿Cuál es el resultado de esta postura? Jamás logramos vencerlo completamente y además, nos sentimos mal por no poder hacerlo.


Alice Bailey

El budismo, en cambio, enuncia que la vida es difícil por naturaleza, que está llena de tropiezos y que es imperfecta. ¿Deberíamos considerar que el budismo es pesimista? No lo es, es realista: si todos aceptáramos que el sufrimiento es parte de la vida y que no somos inadecuados si sufrimos, podríamos eliminar el sufrir innecesario, aquel que se genera en nuestra propia neurosis. Además, aprenderíamos a evaluar cuánto deberíamos sufrir por cada cosa ahorrándonos así mucho dolor innecesario.

Por el hecho de haber nacido nos veremos sujetos al dolor físico y al emocional. Los problemas cotidianos nos enseñan que la vida es como es la vida: llena de dificultades, pero con un tremendo potencial para el gozo y la realización, la diferencia está, por supuesto, en lo que cada cual haga con esta realidad.

Quejarnos por nuestras dificultades, es humano, pero también lo es poder examinar nuestras conductas. Afortunadamente, en todas las culturas se han desarrollado personas que pueden enseñarnos a ir más allá de nuestras propias limitaciones.

Alice Bailey (1880-1949) fue una investigadora de la espiritualidad que dejó importantes enseñanzas a la humanidad. Fue, como ella misma se describe “una mujer que siempre temió a la vida (quizás en parte, debido a la excesiva protección durante la infancia), de naturaleza tímida que aún hoy tiene que armarse de valor para llamar a la puerta, si es invitada a un almuerzo; es muy hogareña, le gusta cocinar y lavar (solo Dios sabe enqué medida ha hecho esto) y aborrece la publicidad”. Perdió a sus padres a los 9 años, de tuberculosis, crió a tres hijas trabajando en una fábrica pasando por grandes privaciones económicas luego de haber vivido sin apremios de dinero.

Durante 30 años escribió libros, dio cientos de conferencias, atendió multitud de personas y sobre todo, se sobrepuso a su constante mala salud. Decide escribir su autobiografía porque dice querer “demostrar cuán maravillosos son los seres humanos”. Es difícil elegir fragmentos de su obra porque fue una mujer tan atenta a todos los aspectos de la vida, que sus dichos están llenos de verdades. Los siguientes son solo algunos párrafos del libro “Autobiografía inconclusa de Alice Bailey”, de Ed. Kier.

…“Aunque nunca he sido robusta, poseo una vitalidad sorprendente. En el transcurso de mi vida me he visto obligada a permanecer semanas y hasta meses en cama. En estos últimos ocho años, me he mantenido viva gracias a la ciencia médica, pero esto es algo de lo que me siento orgullosa, he seguido trabajando a pesar de todo. He considerado a la vida como algo muy bueno, aún en lo que la mayoría consideraría una época pésima. Siempre hubo mucho que hacer y mucha gente que conocer….”.

…“He aquí la historia de mi vida. No se dejen engañar. No va a ser una exposición profundamente religiosa. Soy una persona algo jovial y humorista y siempre estoy dispuesta a ver el lado cómico de las cosas. Confidencialmente diré que el profundo interés que demuestran las personas por sí mismas, por sus almas y todas las complejidades de las experiencias relatadas, casi me anonadan. Me entran ganas de sacudirlos y decirles: “Salgan y descubran su alma en los demás, así descubrirán la propia”.

…”Es necesario aprender a recordar las cosas que nos causaron alegría y felicidad y no únicamente las que nos trajeron dolor y dificultad. Lo bueno y lo malo forman un todo muy importante que merece ser recordado…. ¿Porqué se olvidan tan fácilmente las cosas buenas y en cambio las cosas desagradables, tristes o terribles se fijan en nuestra mente? No lo sé. Aparentemente, en este peculiar planeta, el sufrimiento se experimenta con más intensidad que la felicidad, y su efecto parece ser más perdurable. También puede ser que temamos la felicidad y la apartemos de nosotros por la influencia de esa característica tan descollante en el hombre: el TEMOR”.

Elisabeth Kubler-Ross (1926-2004)

Médica psiquiatra que comienza a escuchar con atención a los enfermos terminales y a sus familias, diferenciándose de sus colegas que permitían que este grupo de enfermos quedara relegado a los últimos lugares de los hospitales.

¿Cuánto hemos aprendido de su mensaje? Es necesario recordarla no solo por su coraje y valentía sino , lamentablemente, porque poco hemos avanzado en este enfoque en nuestros días.

En 1984 compra una granja en Virginia, E.U., y construye allí su propio centro de curación. Tenía el proyecto de adoptar a bebés infectados de sida para que disfrutaran de los años de vida que les quedaran en plena naturaleza.
A partir de enunciar su proyecto, se convierte en la persona más despreciada de la región, comienzan a amenazarla, a disparar contra su casa, a matar a tiros a sus animales; hasta que, en octubre del 94 le incendian la casa.
A propósito de este suceso, Elisabeth dice en su libro La Rueda de la Vida: “Era algo aniquilador, pasmoso, incomprensible. Entre lo que había perdido estaban los diarios que llevaba mi padre desde que yo era niña, mis papeles y diarios personales, unas 200.000 historias de casos relativos a mis estudios sobre la vida después de la muerte, mi colección de objetos de arte de los indios norteamericanos, fotografías, ropa, todo”.
“Durante 24 horas permanecí en estado de conmoción. No sabía como reaccionar, si llorar, gritar, levantar los puños contra Dios, o simplemente quedarme con la boca abierta ante la férrea intromisión del destino”.
Más adelante expresa: “Me gusta decir que «Si cubriéramos los desfiladeros para protegerlos de los vendavales, jamás veríamos la belleza de sus formas»”.
“Reconozco que esa noche de octubre de hace dos años fue una de esas ocasiones en que es difícil encontrar la belleza. Pero en el transcurso de mi vida había estado en encrucijadas similares, escudriñando el horizonte en busca de algo casi imposible de ver. En esos momentos uno puede quedarse en la negatividad y buscar a quien culpar, o puede elegir sanar y continuar amando. Puesto que creo que la única finalidad de la existencia es madurar, no me costó escoger la alternativa”.
“Así pues, a los pocos días del incendio fui a la ciudad, me compré una muda de ropa y me preparé para afrontar cualquier cosa que pudiera ocurrir a continuación. En cierto modo, ésa es la historia de mi vida”.

Fragmentos del libro “La Rueda de la Vida”, Elisabeth Kübler-Ross. Edic. Grupo Zeta.

La invitación

No me interesa lo que hagas por vivir.

Quiero saber lo que ansías, y si osas soñar con lo que desea tu corazón.

No me importa la edad que tengas.

Quiero saber si te arriesgas buscando como un loco el amor, los sueños, la aventura de estar vivo.

No me interesa saber qué planetas cuadran tu luna.

Quiero saber si has tocado el corazón de tu propio dolor, si te han abierto las

traiciones de la vida o si te has contraído y cerrado de miedo o más dolor.

Quiero saber si te puedes sentar con el dolor, el mío o el tuyo sin moverte para esconderlo o apagarlo o conciliarlo.

Quiero saber si puedes estar con alegría, mía o tuya;

si puedes bailar con desenfreno y dejar que el éxtasis te llegue a la yema de los dedos sin precaverte a ser cuidadoso,

realista o a recordar las limitaciones del ser humano.

No me importa si lo que cuentas es verdad.

Quiero saber si puedes desilusionar a alguien siendo fiel a ti mismo;

si puedes soportar la acusación de traición sin traicionar tu propia alma.

Quiero saber si puedes ser fiel y, por tanto, digno de confianza.

Quiero saber si puedes ve la belleza aunque no sea bonita cada día, y si puedes

ver el origen de tu vida a partir de la presencia de Dios.

Quiero saber si puedes vivir con el fracaso, el tuyo y el mío, y ponerte a orillas de un lago y gritarle a la luna

plateada: “¡Sí”

No me importa dónde vivas o cuánto dinero tengas.

Quiero saber si después de la noche del dolor y la desesperación, abatido y

magullado hasta el tuétano, puedes levantarte y ocuparte de las necesidades

de los niños.

No me interesa quién eres, ni cómo llegaste aquí.

Quiero saber si te quedarás conmigo en medio del fuego y no escaparás.

No me interesa qué o dónde o con quién has estudiado.

Quiero saber qué te sostiene por dentro cuando se derrumba todo lo demás.

Yo quiero saber si puedes estar solo contigo mismo; y si realmente te gusta la

compañía que tienes en los momentos vacíos.

Inspirado por Oriah el Soñador de la Montaña,

anciano nativo americano, mayo 1994

*Citado en A Passion for the Possible, de Jean Houston

Que estamos en tiempos de renacimiento de la espiritualidad, no hay quien lo dude; guías, maestros y garúes por doquier pregonan que tienen algo interesante para enseñarnos. Pero: ¿Todos los que se autodenominan iluminados nos pueden enseñar? ¿Todos estamos preparados para recibir la enseñanza de los verdaderos maestros?.

En el libro “Humor Sufí” (Ed.del Nuevo Extremo), Idries Shah (1924-1996), escritor nacido en Afganistán y especializado en la tradición sufí, cita un chiste que puede ayudarnos a recordar que permanentemente debemos hacer la tarea de distinguir entre quienes gritan que saben y quienes verdaderamente son personas sabias:

“El ejemplo que aquí tenemos entiendo que nos muestra que cualquiera que intente injertar actividades espirituales (por supuesto, nosotros estamos interesados en percepciones superiores) en una personalidad sin regenerar, acabará produciendo una aberración. No necesito señalar que recientemente ha habido un período en el cual miles, quizá millones , de personas en Occidente han intentado “asaltar las puertas del cielo” mediante este procedimiento. Este chiste los pone en perspectiva, si nos damos cuenta que son ellos los caníbales, y no los africanos de la historia.
Personas que piensan que son religiosas o que “se encuentran en un nivel superior de percepción o misticismo”, de hecho han suprimido la verdadera parte espiritual, y se hallan viviendo en un nivel social y superficial.”

Un misionero había sido capturado por caníbales y se encontraba en el interior de una olla de agua calentándose con rapidez. De pronto , vio a los caníbales juntar sus manos en oración. Dirigiéndose al que tenía más cerca, le dijo:
-¿Así que sois cristianos devotos?
-No sólo soy cristiano – contestó el molesto caníbal-, ¡sino que me parece muy inoportuno que me interrumpan cuando estoy entonando la oración de agradecimiento!.

Luego expresa: Mantener hábitos automáticos, o sofisticaciones intelectuales sin un cambio en la persona, o actividades emocionales sin una percepción profunda actuando sobre el verdadero yo, no puede compararse nunca con la experiencia del místico. Si esta historia se toma como una parábola de intentar elevar a alguien a un estado superior sin transformar sus aspectos inferiores, también puede servir como ejemplo clásico del argumento sufí de que los seres humanos deben clarificar su personalidad antes de que puedan alcanzar ciertos niveles deseables. Llamémosle la “incompatibilidad de tendencias que coexisten en el individuo”.

A quienes piensan que no existen recetas, pócimas o magias que ayuden a vivir mejor, no les queda otro camino que aquel en el que se puede aprender de todo y de todos. ¿Cómo hacen quienes logran vivir equilibrados a pesar de las dificultades extremas?

Aaron Antonovsky, médico y sociólogo, enfocó sus investigaciones en personas que sobrevivieron a casos de extremo estrés. Según su opinión, gozar de buena salud supone una capacidad de recuperar de forma continua el equilibro como respuesta a la continua pérdida de él. Se preguntó qué provocaba que mucha gente pudiera resistir niveles muy altos de estrés a pesar de que sus recursos personales para afrontar la tensión fuesen constantemente interrumpidos o amenazados, como ocurría en los campos de concentración nazis.

El doctor Antonovsky observó que estas personas poseen lo que él denomina un inherente sentido de la coherencia acerca del mundo y de sí misma. Este sentido de la coherencia viene caracterizado por tres componentes, a los que llamó:

  • Comprensibilidad: sensación de confianza en poder encontrar lógica en las experiencias externas e internas

  • Manejabilidad: confianza en disponer recursos para hacer frente a las demandas con que nos encontramos y controlarlas

  • Significabilidad: capacidad para considerar esas demandas como retos en los que encontrar sentido y a los que consagrarse.

Podemos concluir que todas nuestras preguntas acerca del sentido de nuestra propia vida no son cuestiones filosóficas sin importancia. Tampoco es una tarea menor el que cada quien intente desarrollar su sensibilidad para entender de modo positivo los diversos desafíos existenciales y que logre insertarlos en un todo que tenga un sentido, en el que encontrar algún significado en lo que piensa, siente, realiza y en todo lo que le acontece. Se trataría entonces de comprender la existencia, lo cual es bastante diferente a un saber sobre la existencia

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Estamos habituados a suponer que vivir se trata de conseguir metas, definir y alcanzar objetivos, acceder a mejores estados, otros distintos a los que tenemos. Estos estados pueden ser económicos, sentimentales, laborales, un sin fin de escalones a subir nos esperan si es que imaginamos la vida en forma de escalera ascendente o tal vez, podríamos decir, de ilusión ascendente.

Quien esté dispuesto a observar más allá de la apariencia de los modelos sociales propuestos, podrá ver innumerables casos de personas que todo lo tienen y aún así son pesimistas incorregibles. ¿Quién no ha padecido alguna vez un jefe que es, a la vez, acaudalado y cascarrabias? ¿Algún “agrio”vecino? ¿Y quién no se ha sentido alguna vez por demás malhumorado sin que exista justificación alguna?

Contrariamente, hay personas que sonríen aún frente a las condiciones más difíciles, que están dispuestas a aprender de los obstáculos que la vida les pone por delante, que intentan mostrarse amables, que aceptan vivir con lo que han recibido, que eligen estar en el presente y no añorar lo que no han tenido y que tampoco esperan sentirse más plenos en el tiempo futuro aceptando sin más su amargura presente.

Todos vemos lo que queremos ver, lo que podemos ver, lo que nos enseñaron a ver. Muchas personas han vivido durante años respirando y absorbiendo enojos y pesimismo, emociones comunes en sus ámbitos familiares, en su contexto social más próximo. De eso se trata, de tomar conciencia que hay quienes nos muestran que existen otras formas de estar en la vida.

El siguiente relato es una parábola formulada por Buda en un Sutra, es clara, contundente y puede ayudarnos a recordar, si es que estamos distraídos :

Un hombre que estaba caminando por el campo descubrió, de pronto, que le seguía un tigre. Al llegar a un precipicio se asió firmemente de una higuera salvaje y quedó colgando del abismo. El tigre olfateaba su presencia desde arriba. Temblando, miró hacia abajo y descubrió que otro tigre estaba esperándole. Sólo la higuera le sostenía.

Dos ratones, uno blanco y otro negro, comenzaron poco a poco a roer la higuera. En aquel momento descubrió un esplendida mata de fresas. Entonces, sosteniéndose de la higuera con un a sola mano, arrancó una fresa con la otra. ¡Qué dulce estaba!.

El término “error” lleva implícito en sí mismo fuertes connotaciones psicológicas porque tendemos a relacionarlo estrechamente con el déficit , con la desviación de la normalidad, con la imperfección y con la “despreciable” equivocación. La palabra “falta” es clasificada como “error” y también como “burrada” para el diccionario de sinónimos de la Real Academia Española.

¿Qué nos dice la misma naturaleza con respecto al error? Que sus planes se desvían muy a menudo: ranas de 3 cabezas, tréboles de cuatro hojas y así en más, hasta hay quienes promueven la idea acerca de que nosotros mismos somos el más grande error de la naturaleza.
La biología nos ofrece un ejemplo perfecto de nuestra tendencia a desvalorizar aquello que se desvía de la media. Los “hongos imperfectos” son llamados así porque no entran dentro de la clasificación usual ya que agrupa organismos por tener en común una característica que esta ausente. Pero cabe aclarar que, gracias a sus imperfecciones, se salvaron millones de vidas en su momento, es decir tras el descubrimiento de la Penicilina.
La “biomética” es la aplicación de los métodos y sistemas naturales a la ingeniería y la tecnología. Estos desarrollos se han logrado gracias a que estuvimos dispuestos a aprender de la naturaleza que, durante millones de años de ensayo y error, ha producido soluciones efectivas a los problemas del mundo real.

Pero a nosotros, seres de psicología, el error provoca malestar, nos empequeñece, nos hace ser demasiado exigentes con nosotros mismos, con los demás.

Hugh Prather, escritor y conferenciante de radio, escribió “Palabras a mí mismo”, en este bellísimo libro de poesía, expresa:

El perfeccionismo es una muerte lenta.
Si cada cosa ocurriera como a mí me gusta
o como la hubiera planeado
nunca experimentaría algo nuevo.
Mi vida sería una repetición infinita
de viejos resultados.
Cuando cometo un error
experimento algo inesperado.
Algunas veces reacciono frente a mis errores
como si me hubiera traicionado.
Mi temor a equivocarme parece basarse
en la suposición secreta de
que soy potencialmente perfecto
y que bastaría sólo un poco de cuidado
para no caerme del cielo.
Pero un “error” es un manifiesto de lo que soy,
es un bache en el camino que intento,
es una advertencia de que no estoy
tomando en cuenta mi realidad.
Cuando haya escuchado a todos mis errores
Habré crecido.

Todos conocemos el malestar, sabemos a qué nos referimos cuando decimos “dolor”. ¿Pero logramos ser felices y además, conservar nuestra felicidad? ¿Estamos considerando que la palabra “felicidad” engloba un concepto claro y práctico? ¿Nuestro dolor es proporcional los hechos que nos ocurren?.

El psicólogo Abraham Maslow decidió investigar las vidas de personas que consideró más plenas y equilibradas; dedicó gran parte de su trabajo a observar cómo son los mecanismos de la salud considerando que ya se había dicho bastante acerca de la patología mental.

Abraham Maslow

Abraham Maslow

En su libro “La Personalidad Creadora”, dice lo siguiente: Tememos a nuestras máximas posibilidades (así como las más bajas). Por lo general nos asusta llegar a ser aquello que vislumbramos en nuestros mejores momentos, en las condiciones más perfectas y de mayor coraje. Gozamos e incluso nos estremecemos ante las divinas posibilidades que descubrimos en nosotros en tales momentos cumbre, pero al mismo tiempo tamblamos de debilidad, pavor y miedo ante esas mismas posibilidades”.

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