“El secreto sólo se revela ante aquellos ojos que no se hallan empañados por el apego” Tao Te King
Dadas las dificultades que se nos presentan al afrontar nuestras vidas, nada malo hay en el hecho de desear disfrutar de experiencias agradables: queremos tener objetos, o atravesar experiencias extraordinarias, o tal vez vincularnos con personas interesantes, lograr mayores éxitos económicos y laborales, y así en más; grandes o pequeños, fuertes o imperceptibles, todo tipo de deseos impulsan nuestras vidas todo el tiempo.
Cada uno de estos deseos ejerce su poder de hacernos sentir placer durante un tiempo, un goce que siempre termina, obligándonos a salir nuevamente en búsqueda de una nueva experiencia. Así pues, el problema no radica tanto en cuál es nuestro objeto de deseo como en el constante flujo de energía que nos mantiene atados a él. El peligro reside en caer en lo que podríamos denominar la mentalidad del “si tuviera”: “Si tuviera tal habilidad, si tuviera un mejor trabajo, una
buena relación de pareja, mejores ropas, un temperamento más fácil, podría llegar a ser feliz”.
En el caso de que lográramos lo que deseamos, seguiríamos queriendo más o desearíamos otra cosa completamente diferente y esto nos remite al sentimiento de que estamos incompletos y a que siempre nos falta algo que nos aleja del gozo de nuestra propia plenitud, el deseo puede hacernos sentir insatisfechos con lo que tenemos.
El desafío que tenemos por delante es darnos cuenta que -si no prestamos la debida atención- estaremos adheridos a abstracciones que siempre se hallan en otro lado, impidiéndonos permanecer en el lugar en el que verdaderamente nos encontramos. El apego nos conduce a personas u objetos que nos intoxican, a desagradables sentimientos de envidia o egoísmo, al surgimiento de ansiedad e insatisfacción permanentes; podemos tener dificultades para realizar cambios, para dejar el pasado atrás y vivir en el presente; puede surgir en nosotros la siempre inútil comparación con otros “que tienen más” o “son más” de forma tal que siempre terminemos disminuídos en nuestras posibilidades reales.
El apego, al revés que el verdadero amor, puede aumentar con creces la lista de nuestros miedos: a quedarnos solos, a aburrirnos al no sentir deseos particulares, a quedar despojados de todo.
La siguiente poesía de Elizabeth Bishop (1911-1979) artista y poetiza norteamericana, puede ayudarnos a comprender este aspecto de la vida.
UN ARTE
El arte de perder no es muy difícil;
tantas cosas contienen el germen
de la pérdida, pero perderlas no es un desastre.
Pierde algo cada día. Acepta la inquietud de perder
las llaves de las puertas, las horas malgastadas.
El arte de perder no es muy difícil.
Después intenta perder lejana, rápidamente:
lugares, y nombres, y la escala siguiente
de tu viaje. Nada de eso será un desastre.
Perdí el reloj de mi madre. ¡Y mira! desaparecieron
la última o la penúltima de mis tres queridas casas.
El arte de perder no es muy difícil.
Perdí dos ciudades entrañables. Y un inmenso
reino que era mío, dos ríos y un continente.
Los extraño, pero no ha sido un desastre.
Ni aun perdiéndote a ti (la cariñosa voz, el gesto
que amo) me podré engañar. Es evidente
que el arte de perder no es muy difícil,
aunque pueda parecer (¡escríbelo!) un desastre.









