¿Quién dijo que hay que trabajar tanto?


Estamos por empezar otro año de trabajo. Poco a poco iremos viendo cómo las acontecimientos nos llevarán a llenar una agenda que en principio parece estar controlada por nosotros mismos pero que a lo largo del año irá cobrando vida propia hasta esclavizarnos a horarios y ocupaciones de todo tipo.  Además, a las horas trabajadas que contabilicemos, sumemos las que se usan en llamados telefónicos o contestar los mails fuera del trabajo. ¿Y sobre el tiempo que nos toman actividades superfluas inducidas también por el mercado de consumo? Tomemos como ejemplo el uso que hacemos del celular, que ya parece un miembro imprescindible más de nuestro cuerpo.

Muchos no pueden evitar trabajar por largas horas debido a que las condiciones del mercado de trabajo son exigentes por demás. Pero hay otro grupo de gente que no necesita trabajar tanto y sin embargo se llena de actividades. ¿Por qué accionan de más? Algunos no saben estar en silencio, o temen conectarse con sus emociones, buscan no pensar en aquello que los preocupa , otros no saben qué hacer con el tiempo libre y con la posibilidad de gozar y así ocupan todo su tiempo en diligencias que consideran productivas.

El trabajo ocupa mucho espacio, tanto que muchos parecen tener un “altar” en medio de la casa ya que está en el centro de las interacciones y de los vínculos con los demás. La vida familiar se ha modificado hasta el punto en el que se habla del trabajo a la noche o durante todo el fin de semana. La pregunta que cabría hacernos en este siglo XXI es si hemos avanzado o hemos retrocedido en ciertos aspectos de nuestra calidad de vida con respecto al hombre primitivo.

Algunas ideas prácticas para descansar en medio de la vida cotidiana

  • Autorizarse a uno mismo a parar: ninguna estrategia de descanso será posible si no nos sentimos merecedores de él; si esperamos trabajar “lo suficiente” para permitirnos descansar, es probable que nunca llegue el momento. A la hora de evaluarnos a nosotros mismos será mejor tomar en cuenta que en la vida todos los días son distintos, algunos son buenos, otros no lo son; habrá períodos en los que  funcionaremos muy bien y  otros en los que todo parece estar trabado pero todos los días merecemos algo de descanso.
  • “Ir al recreo” sin esperar a que otros nos den el permiso para poder hacerlo: tomarnos toda clase de pequeños recreos… ¡Si!… ¡En días hábiles! : 5 minutos, 2 minutos, no importa cuánto, no importa si nos parecen pequeños ya que los efectos acumulativos serán buenos a largo plazo.
  • Respetar y hacer respetar el tiempo que hayamos elegido para descansar: a veces perdemos el tiempo por causa de la ansiedad o del mismo cansancio “no escuchado”. “¿No sería mejor decidir el momento en el que no vamos a hacer nada? ¿No habría aquí una cuota de libertad mayor que si la vida decide dejarnos fuera de circulación por algún síntoma corporal?
  • Tomarnos tiempo para “respirar”: aunque sean de unos pocos segundos es bueno cerrar los ojos y respirar profundo, dos o tres veces. ¿Por qué? Por muchas razones, para darnos cuenta cómo estamos, para relajarnos, para tomar conciencia del presente.
  • “Bajar la velocidad” de la acción: respetar la lista de cosas que tenemos que hacer en el día, pero hacer una pequeña pausa entre una y otra.
  • Cambiar de ambiente: ir afuera, mirar el cielo por la ventada, caminar un poco por la calle.
  • “Desenchufarse” de los cables, los teléfonos, la computadora, apagar la radio y la televisión.
  • Conectarse con el cuerpo para generarle felicidad: comer algo rico, estirarse, sonreír, darse un buen baño o lavarse la cara con agua fresca, relajarse, ir a una linda clase de alguna disciplina corporal.
  • Irse de “vacaciones mentales”: muchos saben relajarse o visualizar porque han ido a aprender algún método en especial en algún curso, pero olvidan hacerlo en su vida diaria. Sin demasiada exigencia de hacer la tarea a la perfección, podemos intentar imaginar algún paisaje, algún lugar que nos resulte agradable, real o virtual y quedarnos allí por unos minutos para descansar.
  • “Cercar” la zona en la que estamos verdaderamente estresados, pero intentando que esa “zona de dificultad” no nos contamine la vida. Si, fácil es decirlo, difícil hacerlo…la preocupación sirve a veces como motor para resolver y su función a veces es positiva, pero es bueno discernir hasta a dónde necesitamos alterarnos ya que si esa zona crece se cristaliza un circuito cada vez más grande en el que nada podemos hacer.
  • Practicar la gratitud: si observamos la realidad veremos que cuando somos desagradecidos y quejosos también nos sentimos cansados y ansiosos, en cambio el agradecimiento hacia la vida es un sentir que nos recicla y llena de buen humor y energía. ¿Nos damos cuenta de las ventajas que tenemos? o ¿Planificamos la vida como si no tuviéramos nada y sí todo por hacer? Nuestros aspectos más neuróticos no nos dejan ver bien la realidad: vemos más lo que no hicimos que lo que hicimos, lo que perdimos que lo que tenemos.
  • Aprender a usar el “no” más frecuentemente: hacemos cosas de más y no delegamos, nos sobrecargamos de actividades, de problemas ajenos, de pensamientos que no tienen importancia. Una vez más, cabe recordar los beneficios de saber decir que “no” cuando es necesario limitar, el “no” puede ayudar al “si”: si tengo tiempo para mí, sí tengo tiempo de salir, sí tengo tiempo para Meditar, sí tengo tiempo de vivir.
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