El trabajo espiritual basado en la cruda sinceridad con nosotros mismos

No nos gusta sentir emociones desagradables, no nos gusta vernos imperfectos, y tampoco nos resulta agradable ver y reconocer los errores que cometemos; tal vez por esta razón también negamos, torcemos la realidad o nos mentimos cuando vemos que no somos ningunos “santos”, una cuestión que ocurrirá bastante seguido.

Como somos “grandes rechazadores” de lo desagradable de la vida, suele ocurrir que la búsqueda del desarrollo de nuestra espiritualidad esté teñida también de una imagen que nos indica que ésta es producto de la perfección absoluta, una perfección con la que investimos personas, ritos u organizaciones. Como resultados  de la aversión que sentimos en relación a nuestros aspectos oscuros, ingenuamente construimos una trampa en la que los santos son aquellos que sí carecen de defectos.

Todo tiene una razón de ser, en cierta forma es comprensible lo que nos ocurre ya que se hace muy difícil saber cómo desarrollar nuestros aspectos espirituales, hacia a dónde hay que ir ni por dónde es mejor andar, la realidad es que el camino no está previamente diseñado y que nadie cuenta con un mapa de ruta (además de que es mejor dudar cuando alguien nos vende algún tipo de solución prefabricada). La única señal clara con la que solemos contar para saber quiénes no son perfectos es la que nos da el contra-ejemplo, los malos modelos que hemos grabado en nuestros corazones, muchas veces creados a partir de las huellas que han dejado algunas feas personas con las que nos cruzamos en la vida.

Al intentar ir hacia ese ideal inmaculado de bondad y compasión, no nos damos cuenta que nuestros aspectos difíciles nos moldean y mejoran, que son parte nuestra, al igual que nuestras virtudes y talentos. ¿Quién mejor que alguien que ha sufrido, que acepta que hizo daño y que se sabe imperfecto para sentir empatía y compasión por los demás? Mantenemos una ilusión infantil en la que aún el mundo es un lugar en el que habitan dos grandes grupos, el de los perfectos y el otro, el nuestro, ese reino plagado de dificultades y conflictos, el que está habitado por los anti-héroes y los “perdedores”.

La solución no es tan complicada, es solo cuestión de educación y práctica. Si tan solo estuviéramos dispuestos a escuchar lo que nos dice el propio cuerpo, bien distintos serían los resultados. Por ejemplo, si sentimos “odio”, sin lugar a dudas que una parte mía  lo estará manifestando: tensión en el estómago, garganta cerrada, falta de aire, la cara roja de ira…Ese es el punto justo en el que se pondrá en juego la sinceridad y la honestidad con nosotros mismos, el punto en el que se bifucan los caminos: o me hago cargo o me niego a aceptar la realidad de la existencia humana. Si tan solo siguiéramos el camino de lo que estamos sintiendo, bien distintos serían los resultados: si siento odio, tendré que aceptarlo, explorarlo, investigarlo y no continuar alimentando la imagen soñada que me forjé, aquella que está libre de pecados, que está esterilizada y es transparente, esa  idea falsa acerca de cómo tendrían que ser las cosas, el sueño con el que soñábamos allá lejos cuando nos contaban algunos cuentos de hadas, en definitiva, ya que al hacer estas cosas  estaríamos dando alimento para nutrir un espacio de sombra no trabajada.

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2 respuestas a El trabajo espiritual basado en la cruda sinceridad con nosotros mismos

  1. Marisa dijo:

    Cierto es que lo que más cuesta es destapar nuestras miserias, pero es sólo desde ellas, desde su concientización que podremos evolucionar, crecer, ser mejores para sí y para los demás….

    • Muchas gracias Marisa por tu comentario. Sigamos pensando juntas…fijáte que incluso la palabra “miseria” denota algo fuerte, muestra la forma en la que la cultura nos induce a rechazar partes nuestras. ¿No lo ves así?

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