Entre la ira y la compasión

El resentimiento y el odio son emociones destructivas, la  ira es la emoción más presente en los incidentes emocionales deplorables, incluidos aquellos que van acompañados de violencia o daño irreparable. Sin embargo, desde un punto de vista darviniano, deberíamos decir que por alguna razón la evolución no hizo que desaparecieran. Por eso, pensemos en sus ventajas y en un camino de práctica que nos permita utilizar la ira para fines adecuados y con medidas aceptables.

Los que son violentos viven al borde del ataque de ira y, dado que la violencia es la negación por excelencia de la palabra y del pensamiento, no suelen tomar en cuenta las consecuencias de sus acciones, ni siquiera es tema de preocupación para ellos.

Pero es moneda frecuente que quienes no son violentos tengan un sentido de la ética y sean empáticos con los demás de modo que suelen reprimir su ira con el objetivo de no dañarlos.  Tanto miedo sienten de tomar actitudes inadecuadas, que reprimen mandando al “sótano” de su corazón sus  emociones desagradables, manteniéndose ajenos y distantes de sus propias emociones de odio e ira. El resultado es que se auto-generan una tensión considerable cuando tienen que expresar su agresividad natural, cuando sienten que tienen que defenderse, volviendo así la ira sobre sí mismos.
En resumen, un punto positivo de la ira es que sin la capacidad de experimentarla las personas, al verse atacadas, se hallarían completamente indefensas. Si aprendemos a aceptarla y por lo tanto a gobernarla, no solo podremos expresarla de manera sana, sino que, además, debemos hacerlo. Recordemos que reprimir nuestra ira no solo nos enferma, sino que además siempre termina siendo expresada de alguna manera, no se puede hacer desaparecer del mundo emocional de ninguna persona.

Una definición de “ira positiva” propuesta por el Dalai Lama: “no deberíamos tener empacho en emplear la fuerza para detener la acción sin perder por ello, la compasión por el actor”. Esta reflexión apoya la idea de que los hechos deben provocar nuestra reacción, pero nuestra ira puede ser dirigida hacia la acción que nos lastima pero no hacia la persona, es decir, podemos sentir y actuar nuestra ira, sin intención de lastimar a los demás, con la intención de esforzarnos en poner fin a la acción, poner un límite a los sucesos violentos, pero sin perder la capacidad para sentir compasión. Paul Eckman, investigador especializado emociones, opina: “Aún desde una perspectiva práctica y dejando a un lado otro tipo de consideraciones, las personas nunca cambiarán si tratan de dañarlas. Sólo la compasión puede llevarles a dejar de actuar”.

Una vez más, la propuesta será entonces conocernos, saber a fondo qué estamos sintiendo, aceptar que tenemos aspectos en sombra, expresar cada vez más y mejor lo que somos, no intentar se “buenos” sino cada vez más completos -como decía Jung,  comprender también nuestras motivaciones inconscientes en una práctica cotidiana que nos permita “amigarnos” con nuestra naturaleza humana, tan bella y tan difícil. Ser “completos” significa aceptar que somos también muy capaces de sentir odio y resentimiento, pero el primer paso siempre implica RECONOCER algo, no rechazar la realidad ya que, sin este punto, no habrá posibilidad de evolución.

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