14 de febrero. Porque te amo a ti…¡te amo planeta!

Foto de Yann Arthus Bertrand

Que me disculpen los vendedores de bombones, de flores y de música melosa pero paso, no compro, los cambio por otras cosas  más profundas, más difíciles y más importantes. Aunque la considero muy valiosa, no quisiera volver atrás a la experiencia de quedar perpleja mirando a otro dejando de comer y de dormir. No quisiera repetir la experiencia de ser llevada por el ideal de otro que parece un Dios ante mis ojos, ni tampoco apasionarme tanto, al punto de dejar de ver o de verme, porque una cosa es estar enamorado y otra bien distinta es el amor. El enamoramiento es volátil y pasajero, en cambio el amor no solo es un episodio de la vida, sino la verdadera forma de amar los demás, a uno mismo, al planeta.

En cambio acepto el trabajo interno al que nos puede llevar una relación de pareja, tanto sea porque es estable, como porque nos implica experimentar separaciones dolorosas  y nos conduce a la comprensión de algunos de nuestros aspectos difíciles.

Veamos qué dice John Welwood, psicólogo clínico y psicoterapeuta, al respecto.

“El fuego alentado por la relación de pareja libera nuestras cualidades humanas más genuinas. Cuando, por ejemplo, ya no podemos seguir manteniéndonos en guardia ante alguien a quien amamos, y renunciamos al viejo escudo protector, podemos sentirnos bastante desnudos y vulnerables. Pero esa misma desnudez también nos vuelve más transparentes a nuestra auténtica naturaleza. Cuanto menos necesitamos defender, más en contacto estaremos con lo que realmente somos, y esa conexión más profunda con nosotros mismos también nos permitirá acceder a los recursos internos que más necesitamos después de haber renunciado a nuestra coraza, la a verdadera fortaleza que proviene del interior y no tiene nada que ver con blandir la espada en alto. Ésta es la lógica a que se atiene la alquimia del amor”.

Para Welwood, el camino del amor consciente posee tres dimensiones diferentes:

El evolutivo
La relación entre hombres y mujeres como propósito que trasciende las meras necesidades de supervivencia y seguridad y que se convierte  en un vehículo para la evolución de la conciencia humana.
Siglos de desequilibrio entre las maneras de ser masculina y femenina han dejado una profunda herida en el psiquismo humano de la que nadie puede escapar. Enteramente considerada, se trata de una división entre la mente y el corazón, entre el sentimiento y el pensamiento, entre la ternura y la fuerza que se manifiesta externamente en la guerra entre los sexos y en una actitud estúpida ante la naturaleza que está poniendo en peligro nuestro planeta. Hasta que la conciencia humana pueda transformar el antiguo antagonismo entre lo masculino y lo femenino en una alianza creativa seguiremos fragmentados y en una guerra con nosotros mismos, como individuos, como parejas, como sociedades y como especie.

La relación como camino personal

Ver así las cosas nos ayuda a superar las dificultades individuales que nos impiden abrirnos, conectar con los niveles más profundos de nuestro ser y acceder a un abanico más amplio de nuestros recursos humanos. Al abrirnos a las posibilidades creativas de la vida, la relación íntima nos perfecciona como individuos y puede transformarnos en seres humanos más despiertos y desarrollados.

Lo sagrado

Con ello no quiero decir que una relación, en y por sí misma, sea un camino completo que pueda sustituir a otras prácticas espirituales. Lo único que digo es que la relación puede convertirse en un poderoso vehículo para establecer contacto con un nivel más profundo de la verdad que, combinado con una práctica adecuada, puede contribuir muy positivamente a despertar nuestra auténtica naturaleza.
Desde esta perspectiva, los difíciles retos que pueden afrontar los hombres y las mujeres que trabajen juntos no son meros afanes personales, sino invitaciones a abrinos a la sagrada obra de lo conocido y lo desconocido, de lo visto y de lo no visto, y a las verdades más elevas que dimanan del contacto íntimo con el gran misterio de la vida.

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