Cuando nos toca sufrir

Tu alegría es tu tristeza sin máscara
el mismo pozo del que sale tu risa estuvo a menudo lleno de tus lágrimas.
¿Y cómo puede ser de otra forma?
cuanto más profundo cincela la tristeza en tu ser, más alegría
puede contener.

Kahlil Gibran (El Profeta)

Alguien, mientras me encontraba en medio de uno de tantos dolores de la vida, me dijo alguna vez: “nadie puede reír más fuerte de lo que alguna vez lloró”. El recuerdo es nítido para mí, además de que a través de los años pude confirmar la veracidad de la frase una y otra vez. Estas palabras nos inspiran a habituarnos a sufrir sin oponernos, sin reaccionar, a hacerlo en paz. ¡Si!, aunque parezca paradójico, podemos aprender a relajarnos frente a la tristeza en aquellos momentos en los que se necesario abrirnos al llanto y al dolor.

¿Pensamos acaso que se puede reprimir sólo lo desagradable? ¿Creemos realmente que al bajar la compuerta de lo que no nos gusta sólo queda ahí lo que no nos gusta? ¿Creemos que queda protegido aquello que consideramos que está bien, lo que nos resulta placentero, la alegría y el bienestar? No es así ya que no es posible que podamos negar sólo una parte de la realidad porque al reprimir aspectos de ésta, solemos negarla toda.

Tampoco es mejor estar bien que estar mal, ni son más admirables quienes siempre se muestran exitosos o perfectos. Hay un “orden” en las cosas, los acontecimientos de nuestras vidas se rigen por “leyes”, “ritmos”, o quizás “modos de funcionamiento que marcan la vida”. Como sea que lo expresemos, según ese orden hay veces que es mejor abrirnos a nuestro malestar ya que es lo que corresponde que ocurra debido a que el dolor incuba aquello que necesita ser escuchado, elaborado, sanado.

No hay posibilidades de estar bien a costa de tapar todo aquello que nos duele y la respuesta parece obvia aunque en la vida de todos los días no la tenemos tan en claro. Mecanismos sutiles, automáticos e inconscientes, suelen ponernos en un estado de alerta y cuando nos sentimos mal  “olemos peligro” inmediatamente. No solemos relajarnos al vivir las experiencias displacenteras sino por el contrario, nos ponemos tensos frente a la sola idea de sentirnos mal al punto que esta agitación empeora la situación y  nos contractura. Si tan sólo sintiéramos lo que hace falta sentir, el malestar se disolvería por sí solo, gracias al paso del tiempo, a las distintas  experiencias y al trabajo interno. ¡Cuánta mayor fluidez y libertad tendríamos si recibiéramos relajados aquello que nos toque atravesar!. Puede llevar toda la vida aprender a danzar el ritmo que nos impone el sufrir, pero es un aprendizaje indispensable, necesario, benéfico, que puede cambiar profundamente la calidad de nuestra vida. Nadie diría que es mejor sufrir que sentirse bien, pero a veces es el paso necesario que nos lleva a desplegar nuestras mejores virtudes.

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