La vida secreta de las plantas

Nuestro sentido de comunidad y de inteligencia compasiva debe extenderse a todas las formas de vida, plantas, animales, rocas, ríos, y seres humanos. Esta es la historia de nuestro pasado y será la historia de nuestro futuro – Terry Tempest Williams

Muchas personas tienen una relación fuerte con las plantas, un vínculo basado  en la intuición de los hechos que se descubren día a día en el ámbito científico: saben con su corazón lo que hoy se comienza a saber en las universidades. El biólogo Daniel Chamovitz, de la Universidad de Tel Aviv,  revela en sus investigaciones que las plantas poseen un vocabulario sensorial mucho más amplio que lo que nos indicaría nuestra percepción de ellas como algo estático, o como objetos inanimados. Pueden oler la madurez de sus propias frutas, distinguir entre los diferentes formas en las que son tocadas, diferenciar “arriba” y “abajo”, además de retener información acerca de sucesos pasados. Pueden “ver” cuando cuando alguien se les acerca, e incluso “conocer” si usted está usando una camisa roja o azul. Al igual que nosotros, tienen genes únicos que detectan la luz y la oscuridad, de modo que regulan su reloj interno.

Una razón clave por la que las plantas hayan evolucionado como sistema sensorial complejo es que, a diferencia de nosotros y de nuestros compañeros animales,  no pueden escapar de un mal ambiente para buscar uno bueno, huir cuando el peligro se acerca, o levantarse para ir a buscar un vaso de agua. Su “arraigo”, las mantiene inmóviles a la vez que constituye una restricción evolutiva enorme que, como todas las limitaciones de este tipo, también es responsable de un gran número de adaptaciones. Chamovitz explica:

“Aunque la mayoría de los animales pueden elegir  sus entornos, buscar refugio en una tormenta, ir trás alimentos y compañeros o migrar con los cambios de estaciones, las plantas deben ser capaces de resistir y adaptarse al clima en constante cambio, invadir países vecinos, resistir la invasión de plagas, sin ser capaces de moverse a un entorno mejor. Debido a esto, han desarrollado complejos sistemas sensoriales y reguladores que les permiten modular su crecimiento en respuesta a las condiciones cambiantes. Un olmo tiene que saber si su vecino es el que genera sombra bajo los rayos solares para así lograr  encontrar su propio camino y crecer hacia la luz que está disponible. La lechuga tiene que saber si hay pulgones hambrientos a punto de comerla a fin de que pueda protegerse a sí misma produciendo sustancias tóxicas. Un árbol de abeto tiene que saber si los vientos que soplan están sacudiendo sus ramas para que su tronco crezca más fuerte. Los cerezos tienen que saber cuando florecer.”

A pesar de que las plantas no tienen un sistema nervioso central, a donde se almacene y se produzca el conocimiento, sus vasos conectivos vinculan varias partes de su sistema en una respuesta de totalidad. En muchas maneras, subraya  Chamovitz,  “las plantas son mucho menos genéticamente diferentes de nosotros de lo que tendemos a pensar”. Esta fascinante mirada al interior de lo que es  la vida de una planta,  abre una nueva perspectiva sobre nuestro propio lugar en la naturaleza.

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