“Aprender a enojarnos”. Notas para enojados, irritados y malhumorados.

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Conocemos la realidad a partir de lo que sentimos y pensamos, incluyendo el punto en el que nos damos cuenta que la realidad no es ni lo que sentimos, ni lo que pensamos. Nuestras vivencias se basan en nuestras percepciones -sean estas adecuadas como inadecuadas- y determinan la forma  en la que atravesamos el día que vivimos.  Como ocurre con todas nuestras emociones no desaparecen porque sí, siguen existiendo tanto si las percibimos como si no lo hacemos. Por eso, si sentimos enojo y no lo escuchamos ni aceptamos, el peligro será llenarnos de él, vivir desde él, de un modo más o menos evidente para nuestra conciencia. El enojo no siempre implica una rostro rojo y encendido o una acción explícita -más o menos violenta-  sino que en silencio puede llegar a convertirse en  furia reprimida o en tristeza. Si dejamos al enojo en el “fondo” de nuestro ser durante años, puede restarnos calidad de vida, enmohecer las habitaciones del corazón y hasta llevarnos desde la impotencia a depresiones prolongadas o crónicas. 
El manejo del enojo es  arduo porque está relacionado a  muchas variables: a la salud emocional, a la vida en sociedad, a cuestiones morales y éticas. Por lo tanto, las personas buenas y responsables suelen tener muchas dificultades para decidir sobre los mejores caminos para enfocarlo, veamos algunas opciones.
El primer paso tiene relación con lo que hacemos nosotros en nuestro mundo interno y es reconocerlo  y aceptarlo sin juzgarlo, sin sentir culpa u otro malestar que nos provoque el darnos cuenta que lo estamos sintiendo y en segundo término el arte consistirá en darle una salida sana. Si, me dirán ustedes, fácil es decirlo, difícil hacerlo. Como en todos los asuntos humanos, las palabras claves son: práctica sostenida y paciencia para encarar los procesos. Pero juntos consideremos algunas cuestiones. 
Es posible que la persona que nos dañó aún esté presente en nuestras vidas, en cuyo caso tendremos  la oportunidad de resolver la situación directamente con ella. Puede que la tarea sea manejable dado que contaremos con muchas oportunidades para encontrar  la forma de resarcirnos; es posible tomar la situación como un aprendizaje de idas y vueltas a medida que se van dando las distintas interacciones, al modo de ensayo y error. Si la persona ya no forma parte de nuestra vida o ya ha fallecido, se hará necesario investigar distintos tipos de estrategias que nos ayuden a resolver internamente la situación de enojo, prescindiendo de la devolución externa, de la aceptación o rechazo de nuestro proceso por los otros que nos han dañado. El camino aquí será silencioso, interno, profundo y poco recompensado desde los demás, sólo nosotros comprobaremos su eficacia a partir del resultado obtenido al constatar nuestro bienestar.
Otro punto importante en el enfoque del enojo, es si hay ausencia de culpa o remordimiento por parte del transgresor, si los hay, el perdón se irá “deslizando” a partir de la buena voluntad de los actores. Pero si no hay reconocimiento de la acción, aceptación o reconocimiento, la persona que fue dañada o insultada puede permanecer en el enojo y continuar sintiéndose victimizada, puede sentir que la imposibilidad de ser reconocida la lleve a la necesidad de actuar por medio de la represalia o venganza, hecho que sabemos que no es lo más razonable. En efecto, para superarlo, necesitaremos  auto- controlarnos hasta lograr evitar actuar estas emociones destructivas y a menudo auto-dañinas.
Cabe observar que el auto-control forzado, el que nace sólo de la pura represión de emociones que no sabemos procesar, tampoco es la salida ya que puede hacer que la persona que ha sido perjudicada sienta en su interior un profundo resentimiento y  amargura dado que no estará hecho el trabajo que no fue realizado.
El otro camino, el de no perdonar en absoluto, genera resentimiento, hostilidad, odio, ira y miedo. Las soluciones que se intentan son buscar una respuesta en la noción de justicia, pero a veces ésta no es posible o no es acorde a lo que la persona considera proporcional al daño causado. En cierto sentido es una realidad que el mundo no es justo, pocas veces lo es de la manera que esperamos que sea.
Las personas que fueron maltratadas pueden ser capaces de sobrellevar los sentimientos difíciles  cuando sienten emociones tales como la empatia, la simpatía, la solidaridad, compasión o altruismo, incluso el amor romántico y el gran desafío que nos impone la vida, es el de cultivarlas, sin pasar por alto ni negar el daño que se ha sufrido. Estas son las enseñanzas de las Tradiciones Sagradas de la humanidad que están siendo investigadas por las Psicología y por las  Neurociencias que comprueban que estas emociones sociales pueden neutralizar o al menos desviarnos del sentimiento de enojo,  tras ser dañado o insultados. Tal vez sea este el verdadero desafío para la humanidad, el que dejemos atrás los enfrentamientos, que dejemos de responder al odio con el odio, que logremos hacer el difícil esfuerzo de no responder con violencia a la violencia, aún sabiendo que la verdad está de nuestro lado.
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