Sobre “tener” o no “tener” pareja

zA pesar que las cosas han cambiado sobremanera, aún muchos añoran profundamente vivir en pareja o en familia porque esas son y han sido por siglos las estructuras básicas sobre las que se suponen que se construye el entramado social, esas son las formas predominantes en las que se asientan los lazos de colaboración y solidaridad. La paradoja está en que cada vez más se desarman esas mismas estructuras de modo que nos cuesta más acceder a esas formas sociales. En el medio de todo este proceso estamos desconcertados deseando vivir de formas que nos cuesta encontrar bajo el desafío de tener que encontrar viejos formatos.

La pareja puede ser un campo de aprendizaje,  de batalla y de un dolor que nos lleve a la evolución,  o un manto que oculte lo que más nos duele en la vida. No sé si hay reglas o causas concretas por las cuales el destino de algunos es encontrar la pareja y el de otros no lo es, no comprendo bien porqué la diferencia pero creo que podemos analizar el tema en general sin necesidad de investigar estas razones, por lo menos en términos generales y no de cada persona en particular, allí podríamos ver las causas más íntimas de cada quien.

Podemos vivir en pareja y sin embargo ser aún víctimas de los viejos fantasmas del pasado que amenazan con recordarnos el  ser dolido que reside en nosotros, el abandonado, el “ninguneado”, como decimos en nuestros días un término que no sin razón, esté circulando fuertemente en nuestros días.

Viejas preguntas aún son vigentes: ¿Somos seres libres que podemos vivir vinculados con otros si así lo deseamos? ¿Lo que llamamos amor no será apego a alguien que cubre mis necesidades de contención permanente, una economía compartida, alguien que me acompañe a salir los fines de semana o a tomar decisiones? ¿Quién tiene la culpa cuando sentimos que algo falla en un vínculo? ¿Quién soy fuera de la definición que otros tienen sobre mí? ¿En qué nos sostenemos cuando los otros se van, se mueren o no vienen a nosotros?

La pareja no se “tiene”, como si fuera una posesión o un deseo ilusorio que nos lleva a creer que si lográramos vivir en pareja, entonces nuestros problemas estarían todos resueltos.  La pareja no se tiene, sólo se vive y, como en todas las cosas, cada quien tendrá que experimentar lo que necesite experimentar como regalo proveniente de este tema. Tanto porque existimos en pareja, como si no logramos hacerlo, podremos aprender casi las mismas cosas: sobre qué estamos plantados y cuánto amamos verdaderamente a los demás más allá de lo mucho que nos tranquilicen.

Finalmente, la autocompasión  sólo es plena cuando podemos amarnos a nosotros mismos sin necesidad de que uno solo de los 7.000 millones de habitantes nos apruebe, nos ame, o nos valore, para eso también estamos nosotros quienes en definitiva, iremos encontrando diferentes vínculos

@ Fanny Libertun
http://www.psicologiadelacompasion.org/
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